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LUCIO MU?OZ

junio/septiembre de 2004

Las enseñanzas del grabado

"Para mí, grabar es una especie de terapia necesaria que me sosiega, me limpia y me abre nuevos horizontes "

Lucio Muñoz



Hay algo en el talante artístico de Lucio Muñoz que le hace amigo de los desafíos. Es una forma de inconformismo que resulta de lo más sana en arte. Una manera de rehuir siempre los recorridos propios ya transitados para ir en busca de la dificultad, aquella resistencia técnica e intelectual que, en la batalla producida entre las cuatro paredes del estudio, acaba exigiendo lo mejor del artista, afilando su ingenio y su creatividad, destapando la esfera más suya, y por lo tanto, más original, de su trabajo. Esto mi padre lo sabía bien: sabía que no debía dejarse llevar, que debía rehuir el gesto fácil y ya mecanizado para encontrar algo más, su verdad, algo que trasciende cualquier fórmula o cualquier rutina. Le pasó en el inicio de su trayectoria pictórica cuando decidió abandonar el lienzo como soporte, dada la escasa resistencia que ofrecía a un pintor que buscaba una pelea intensa en el estudio, una indagación profunda en la materia que acabó llevándole al descubrimiento de la madera y de sus posibilidades. Le pasó con sus murales, en los que, dadas las tremendas dimensiones, la exigencia física y técnica fue descomunal, pero también los resultados, como en el Santuario de Aránzazu o en la Asamblea de Madrid. Y le pasó, también, en los grabados, que con el paso de los años se convirtieron en un desafío técnico maravilloso para mi padre, con el que nunca dejó de aprender ni de divertirse.


Recuerdo a mi padre con las aguatintas, los punzones, las gruesas planchas de zinc, las resinas, los barnices negros, el vinagre, la cerveza, el algodón empapado en alcohol y prendido bajo la plancha, las cubetas de ácido nítrico. Para mí siempre fue un proceso complejo que nunca llegué a comprender, pero que me entusiasmaba ver, por toda la belleza plástica que había en cada una de sus etapas. Recuerdo el carborundum adherido a la plancha, o las bellísimas planchas de relieve hechas en madera, o los fieltros de goma, o el grosor de los papeles utilizados, apenas sin cola, y que mi padre humedecía antes de la estampación. Se trataba, en fin, de un repertorio de posibilidades (y dificultades) técnicas que a mi padre, obstinado, perseverante, intrépido y sabio en cualquier aspecto procedimental, le fascinaban especialmente. Sus aportaciones a la técnica del grabado, sobre todo en la obtención de relieves casi tridimensionales y en la investigación en el gran formato, son realmente importantes. Y más importante aún resulta el hecho de que, a la postre, tras muchos años de convivencia con esta técnica, el grabado termina por ser en la obra de Lucio Muñoz un medio de expresión tan válido como cualquier otro y una de las señas de identidad de su trabajo. Porque no eran los procedimientos o la técnica en sí misma lo que le importaba a mi padre, sino todo lo que había aprendido a decir con ellos.


Rodrigo Muñoz Avia