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MART?N CHIRINO

junio/agosto 2005

La espiral puede abrirse y cerrarse, como esas flores que se abren o se cierran al pasar del día a la noche. En las esculturas de Martín Chirino, a veces las espiras están tan apretadas que forman una sola masa compacta, como en algunas piezas de la serie El viento de Canarias. Otras veces, el centro es denso, sí, pero luego algunas espiras se van dando de sí, dejando que circule el aire. De esas espiras excéntricas nació el rostro silencioso e imponente de los afrocanes, esqueletos de máscaras con su gran pala elíptica como una tiara, una mitra que les confiere una solemnidad regia o sacerdotal. En los afrocanes, el valor esencial del art négre para los pioneros de la modernidad es reinterpretado desde esa cercanía geográfica y espiritual al continente africano de que la que ha hablado siempre, como canario, Martín Chirino.

La espiral puede verse como una línea expansiva, imperialista, que está siempre ampliando su territorio, conquistando nuevos círculos, o bien como una línea introvertida, que se mueve hacia el interior, buscando su propio centro. Siempre que voy a la estación de Atocha, paso a ver la pieza de Chirino que está allí, Mi patria es una roca, y la toco con la mano discretamente, con el placer de conocer la pieza y a quien la hizo. Es extraño tener un monumento tan poderoso al alcance de la mano. Cuando la toco pienso en el caparazón de una tortuga, como la vieja tortuga del jardín de Villa Bomarzo.

En Extremo Oriente, la tortuga tiene un significado cósmico: su caparazón representa la bóveda del cielo. Cuando toco mi patria es una roca tengo la sensación de rozar el mundo desde fuera. Todo sucede ahí dentro, toda la fuerza está encerrada ahí. Dan ganas de poner el oído para escuchar. Este deseo de escucha lo provocan en realidad todas las espirales de Chirino; cada una de ellas es como una caracola a la que se podría pegar la oreja para oír el estruendo lejano del mar, el murmullo subterráneo de los volcanes, el rumor del viento.

Guillermo Solana