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MANUEL RIVERA

junio/septiembre de 2006

Sin dejar de lado el dramatismo quebradizo que embarga a ciertas obras, como el Retablo de las victimas de la violencia o Me duele España, ni los tonos elegiacos que entonan otras, ya sea el Homenaje a Valdés o el Espejo-traje de noche para la muerte, la trayectoria de Manuel Rivera desborda por igual las filiaciones "negras" del Informalismo español y las constricciones impuestas por la situación existencial que le tocó vivir. Si bien sus obras oscilan entre el desgarro y el dramatismo o la quietud y la contemplación, a medida que se interpone la distancia temporal, rebasan las adscripciones formales y las coyunturas históricas originarias.

Tal vez por ello, aun reconociendo sus vetas expresionistas y dramáticas, en su conjunto la metáfora a veces invocada de la España clara predomina sobre la de la España negra, goyesca o solanesca. Incluso ésta última aparece bañada por un lirismo tenebrista y en ocasiones tenebroso que no viene marcado únicamente por su complicidad con poetas como Alberti, García Lorca, Luis Rosales o Gala, sino, sobre todo, por la poesía que destilan las transfiguraciones con que nos regala en virtud de los dispositivos de su arte.

En las fases sucesivas de su producción las obras de Rivera evocan diversas improntas en el tiempo y en el espacio, se revelan como síntesis logradas de variadas sensibilidades y tradiciones que se inspiran tanto en Occidente como en el Oriente. No sólo del que pudo vivenciar en su ciudad natal, en las abstracciones vibrantes de los espacios naditas y los reflejos acuáticos del Generalife, sino en el que anida en las técnicas y el imaginario del Oriente más lejano. Baste recordar series como las dedicadas a los papeles japoneses y las estelas segalianas, las exquisitas obras realizadas con tinta china sobre papel o las que intensifican de un modo inusual el cromatismo. Precisamente, la incorporación del color cuando todo tendía a ser teñido de negro, es un rasgo que le diferencia de los restantes pintores informalistas y, en su momento, le acercó a la abstracción lírica de artistas granadinos coetáneos como Guerrero o, incluso, a la pintura contemplativa rothkiana, con la que sintoniza en el sentimiento de recogimiento y el temblor de la trascendencia, en una suerte de mística profana.

Como es bien sabido, Rivera exploró de continuo las virtualidades de la tela metálica. Se inicia como un artesano de la tela metálica desgarrada, pero, a no tardar, se transmuta en un poeta que la rescata como una configuración lírica en el momento preciso, cuando está a punto de precipitarse en su propia disolución. Cual alquimista teje una y otra vez como si de un tapiz se tratara, o de una tela de araña siempre inconclusa y abierta a las metamorfosis y las mutaciones, las explosiones orgiásticas y las tensiones entre la vida y la muerte, el eros y el thanatos, el sentimiento trágico y el manifiesto o larvado lirismo.

Devanando y enhebrando los hilos metálicos a la manera de Ariadna, sus obras sedimentan cual metáforas de la desintegración, como fragmentos de espejos rotos y muíanles, que a través de las vibraciones del aire o los reflejos del agua y de la luz cultivan unas sinestesias, impregnadas por las vivencias perceptivas, en las que se celebra la participación gozosa de todos los sentidos. La pretensión de captar las energías de la naturaleza exterior en las superficies y los fondos acuáticos del estanque o en las filtraciones espaciales de la luz deviene así una nota constante, casi obsesiva. En esta dirección, resulta fascinante cómo, teniendo como punto de partida ese entretejer la tela metálica, logra suavizar y moldear la dureza del procedimiento inicial y alcanzar un lirismo exultante.

Precisamente, uno de los rasgos que más despierta mi interés es esta síntesis de contrarios. A pesar del protagonismo que desempeña la tela metálica como embrión de sus obras, la materia no entra en conflicto con otras presencias plásticas, como los colores, en ocasiones de gamas amplias: azules, naranjas, rojos, verdes etc., ni con las fluctuaciones de la luz. En virtud de ello y de la peculiar composición estratificada las obras se aligeran, liberándose de una plausible pesadez, y enarbolan cualidades flotantes. Incluso, la levedad de su ser.
Asimismo, si bien desde su predilección por lo informe Rivera muestra una reticencia a las composiciones equilibradas, tampoco renuncia a ciertas estructuras o sistemas espaciales que identificamos fácilmente como constantes o recurrencias formales. Se genera así una fructífera tensión entre lo informe y lo ordenado, una voluntad por tender un puente permanente entre dos lógicas formales en apariencia irreconciliables, como fueran la informalista y la que en su momento se definía como constructiva o, con más pertinencia, como óptica.

Esta simbiosis es la causante de las provocaciones visuales, de las irisaciones y los conocidos efectos moiré, que se suscitan a medida que los espectadores proyectan su mirada sobre las obras o desplazan sus cuerpos, incorporando el movimiento a la percepción artística. La suma de todo ello es la transfiguración de las obras en unas composiciones caleidoscópicas, inestables y fluctuantes en sus incesantes metamorfosis.



Simón Marchand Fiz. Madrid, mayo de 2006