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VICENTE PASCUAL. PINTURA Y DIBUJOS, 2000-2008

marzo a junio de 2011

VIAJE INTERIOR

La trayectoria artística de Vicente Pascual está marcada por una poética del despojamiento, que ha ido depurando su obra hasta alcanzar la austeridad y el equilibrio que la caracteriza. Su interés por el pensamiento y la cultura oriental, se refleja en la carga de espiritualidad de sus composiciones. La sobriedad y el sosiego que transmiten sus obras son un reflejo de la propia actitud vital del pintor, para quien la pintura (el arte) es una forma honesta, responsable y sostenible de estar en el planeta. La depuración cromática y formal a la que somete sus obras nos remite a simbologías ancestrales, como la del yin y el yang, en las que se encuentran elementos antagónicos como la luz y la sombra, el bien y el mal, la vida y la muerte, destinados a convivir, porque el uno nada sería sin el otro.

Más preocupado por los procedimientos que por los resultados, por el hallazgo que por la búsqueda, por el camino que por la meta, Vicente concibió su trabajo como un tránsito, un viaje sin final, marcado por la certeza de que el final estaba en uno mismo. “Viajamos para conocernos mejor”, asegura el célebre aserto. Esa concepción romántica del viaje toma carta de naturaleza en Vicente cuando en su etapa final despliega un exquisito trabajo en pequeño formato, que publicó bajo el título de Las 100 vistas del Monte Interior, un guiño a la serie 36 vistas del Monte Fuji, de su admirado maestro Hokusai. Esta particular ascensión final de Vicente Pascual a su propio monte, adquiere carácter de epítome, correspondiéndose con la de Petrarca al Mont Ventoux, la de Cezanne al Monte Santa Victoria o la de Chillida al interior de la montaña sagrada de Tindaya.

Es un privilegio para el Museo Salvador Victoria albergar esta muestra de Vicente Pascual y poder disfrutar de la sabiduría, la serenidad y la honestidad que destila cada una de sus obras.

Diego Arribas, Rubielos de Mora, marzo de 2011.




TEXTO Y POEMAS DE VICENTE PASCUAL:

El misterio del círculo que es, a la vez, centro del que todo parte y al que todo retorna, y totalidad protectora que todo abarcando todo excluye. Que expande mi pecho, un ahora y un siempre en el tiempo. Como ese firmamento que, mediante el sol, irradia durante el día y que de noche se recoge en la luna. Ese sol y esa luna que expresan lo que expresan y nos dicen ahora es de día y ahora de noche. La música del silencio.
El misterio del cuadrado que nos muestra los confines: esas lindes que limitan y sitúan, que dispensan estabilidad activa donde no habría sino movilidad pasiva. Que manifiesta las direcciones en el interior y en el exterior, que da nombre a la extensión y que permite el equilibrio. Ese huerto cerrado en el que hasta el reposo reposa. Un aquí y un allende en el espacio. El reflejo aquí perfecto de la esfera de allí arriba. El silencio de la música.
La forma crucial, en la que tiempo y espacio coinciden con no-tiempo y no-espacio. Que hace patente lo velado, fertilizando lo que encuentra, como aquellos regueros de los antiguos jardines. Que es tierno amor y sabia muerte, que extingue al amado en la amada y a ésta en aquél que la ama. Como esa noche de las bodas, en que el pasado es venidero y el mañana ya ha sido.

Vicente Pascual



De la Bienamada

¿Ves, amada?
¿Ves las nubes cómo bajan?
Cómo visten aquel monte.

¿Ves su cima, que se eleva,
que se asienta sobre ellas?
¿Ves mi pecho dilatado?

¿Ves, amada, lo que ves?
Es el cielo en nuestra tierra
y la tierra en nuestro cielo.


Ayer

Id por el mundo soñando
y, si os parece, triunfando,
que yo aquí duermo ignorando.