Comenzaba el año 1983 cuando recibí de Enrique Moral Sandoval, entonces Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid y hoy Director de la Fundación Aena, el encargo de comisariar la exposición antológica de Salvador Victoria en el Centro Cultural de la Villa de Madrid. Fue la primera antológica que con este carácter propiamente dicho se le organizó. Salvador quería comenzar esta exposición partiendo prácticamente desde la mitad de los años sesenta, es decir, cuando se establece en Madrid, quizá por un pudor mal entendido de mostrar sus trabajos de París, pero la rotundidad y vigor de la obra de finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta me hicieron insistir en la necesidad de mostrar esa etapa desconocida en España. Salvador, tomándose un poco de tiempo, acabó por dar su beneplácito, incluyendo una serie de gouaches sobre papel de 1960 a 1963 que habían aparecido en una gran carpeta y que a buen seguro desde su venida de París las tres cintas que la anudaban los habían mantenido inmaculados. Con el subtítulo de 1959-1984, 25 años de abstracción, la muestra se inauguró en abril de 1984.
Esta exposición se presentó al año siguiente en el palacio de La Lonja de Zaragoza y en el Museo Provincial de Bellas Artes de Huesca, lugares en los que también acompañé a Salvador en calidad de comisario. Así comenzó una relación tan grata en lo profesional como en lo personal, al igual que con Marie Claire –su esposa–, ya que ambos más allá del trabajo estrictamente profesional, me han brindado desde entonces su amistad. Tras la desaparición de Salvador me ocupo de todo lo relacionado con el estudio y promoción de su trabajo, y así desde entonces he comisariado cuantas exposiciones individuales se han realizado, incluida la presente que comparto con Pascual Patuel, y me encargo de la gestión de la participación de Salvador Victoria en multitud de exposiciones colectivas.
Salvador Victoria, que tantas distinciones obtuvo en sus comienzos en Valencia, no ha sido ajeno a las atenciones que su tierra de adopción le brindó. Desde siempre sus vínculos con Valencia han sido muy fuertes, amén de que sus padres y hermanos hayan residido desde entonces aquí. El propio artista ha sido muy agradecido para la tierra y para con las gentes que le brindaron las primeras oportunidades. Sus amistades de la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia y de este momento las ha mantenido hasta el final de sus días, y fiel reflejo de ello son los textos tan entrañables que han plasmado, por ejemplo, Doro Balaguer y Juan Genovés en el catálogo de la exposición "Salvador Victoria Colección Fundacional del Museo de Teruel", o la donación de obra que han realizado para esa Colección, además de los artistas citados anteriormente, Amadeo Gabino y José Vento. Con Salvador Montesa, compañero de la Facultad, viajó en varias ocasiones a las Islas Baleares donde coincidió con José Vento y hay una fotografía con Montesa en Porto Petro (Mallorca) del año 1953 que se corresponde con un cuadro de su etapa figurativa que recientemente ha aparecido en una colección particular de Valencia y que en la primera oportunidad que haya de exponerlo se dará a conocer. Con José Vento y Juan Genovés coincidiría unos meses en Madrid en 1955. Con Montesa y Balaguer coincidió en París al igual que con el alicantino Eusebio Sempere, a quien ya conocía desde Valencia.
Con Balaguer y Sempere realiza varias exposiciones en París y no puedo olvidar antes de seguir avanzando, las muestras colectivas en fechas anteriores, desde el año 1947 a 1954, que se organizan en Valencia, como por ejemplo, las de Arte Universitario en el Sindicato Español Universitario, las de los Salones del Frente de Juventudes, las Regionales de Bellas Artes de Valencia, etc. muestras que en un primer momento nos pueden saber a rancias, pero hay que entender que era lo que entonces había y que sirvieron de punto de partida de estos inquietos artistas. De este modo, en el caso de Victoria, éste obtuvo una Beca de Paisaje del Ayuntamiento de Valencia en enero de 1951 por un cuadro titulado Orilla del Río que se presentaba en una exposición que se había inaugurado en diciembre anterior, y que hoy se encuentra en la Colección Permanente del Museo de la Ciudad de Valencia. Pero entre todas estas colectivas destacan por su peculiaridad las exposiciones de arte plástico que el empresario valenciano Emilio Bello Blasco colgaba en su domicilio particular de la calle Cuarte, número 13, de Valencia en 1954, donde aglutinó casi a todos los anteriormente citados, además de Joaquín Michavila, Custodio Marco o Genaro Lahuerta, entre otros.
Viene al caso recordar sus inicios, y la primera exposición individual en Valencia en el Círculo de Bellas Artes en 1955, con texto de Adolfo Cámara fechado en marzo del mismo año y que en el catálogo de la misma dice así: “Salvador Victoria, pintor a quien tengo el honor de presentar, es uno de los valores más ciertos surgidos de las últimas promociones de nuestra Escuela de San Carlos. Allí le conocí hace años, ganando los premios circunstancialmente creados por el Ayuntamiento, y desde entonces he seguido sus pasos con tanto interés como satisfacción, ya que fue acumulando distinciones y galardones. Pero aquí está la prueba de que Salvador Victoria es ya mucho más que todo lo que puedan expresar premios y reconocimientos. Del naturalismo y el impresionismo de sus paisajes escolares a esta numerosa muestra en la que se plantea las fórmulas más modernas de su arte, media un abismo. Hombre joven, firmemente implantado en su tiempo, pintor a cuya vocación no le faltó nunca heroísmo para orillar lo comercial y amable. Salvador Victoria se ha entregado al descubrimiento de la realidad esencial; a traducir el orden natural al orden plástico; a encontrar una forma de expresión que corresponda a su época y que revele su personalidad. Y aquí está el resultado de la prueba. Las grandes aspiraciones son por sí mucho más estimables que los pequeños proyectos completamente logrados; y Salvador Victoria es inquietud y rumor, anhelo de captar el carácter de las cosas; de darles sentido plástico, simplicidad de formas y autenticidades de sentimiento. Desde sus pinturas al temple, a sus acuarelas, ceras y aguadas, la obra de Salvador Victoria me parece importante, en principio, por lo que tiene de sinceridad y de ambición; pero además, su obra resulta bella, esto es, grata a los ojos y al espíritu. ¡Los mejores augurios para este joven pintor que lleva en su corazón todos los dones de la vida!”.
Y en Madrid, donde se instala a partir de 1955, continua la amistad con Sempere, Vento, Gabino, Genovés, etc. así como con Mompó, Cillero, Yturralde, Alfaro o Equipo Crónica , entre otros. Con Juan Genovés colaboró en la creación de la Asociación de Artistas Plásticos, y participó con él en el famoso encierro del Museo del Prado en 1970, así como en cualquier actividad solidaria para la que le pidieran su ayuda como artista. La vinculación de Victoria con Valencia ha sido constante y no sólo con sus compañeros artistas, sino también a través de sus exposiciones y sus críticos. Además de algunas de las muestras anteriormente citadas, a partir de su vuelta a España, expone de forma individual en la Galería Val i 30 (1968, 1972, 1974); en Galería Dávila (1990) y en el Centro de Exposiciones y Congresos de Ibercaja (1992). Entre la interminable lista de colectivas, indico las de Pintura y Escultura Valencia, en el Colegio de Arquitectos, en 1967; la de la Galería Punto, en 1973; el Homenaje a la Pintura y Escultura Valenciana, en la Galería Valle Ortí, en 1978; la de Plástica Valenciana Contemporánea, que fue itinerante por las comunidades valenciana y madrileña en 1986; la Exposición de Obras del Patrimonio Artístico de la Caja de Ahorros de Valencia, también en 1986; la del Homenaje a Cillero en la Galería Rosalía Sender, en 1994, y ya que cito esta galería, mientras escribo estas líneas y coincidiendo varios días con esta exposición, en la misma galería se presenta una pequeña exposición retrospectiva de Victoria. Más recientemente, la exposición de la Colección Aena, últimas adquisiciones, que se presentó en el Centre Cultural Bancaja en 1998, y al año siguiente la de Geométrica Valencia: la huella del constructivismo 1949-1999, en la Sala de la Beneficencia de la Diputación Provincial.
Son muchos los críticos valencianos que se han ocupado del trabajo de Salvador, pero quiero destacar entre todos ellos, amén del mismo Pascual Patuel, Rafael Prats Rivelles o Vicente Aguilera Cerni a quien dedico un capítulo aparte a modo de homenaje, a Manuel Vicent que con motivo de la exposición de Victoria en la Galería Da Vinci de Madrid en 1969, escribió: “Ahora se podría hacer una pregunta estúpida: esa de interrogarnos para qué sirve un cuadro de Salvador Victoria. Y a esto se podría contestar con un tomo de filosofía de arte. Pero así, a la pata llana, cabe decir que un cuadro de Victoria sirve para calmar los nervios. Es como una protesta esteticista al alocamiento de fuera de la galería: como reducir todos los bruscos resquebrajamientos de la convivencia, los choques y la hirsuta trepa del hombre en sociedad a una alma amorfa, suave, somnolienta e intimista. Tal como se ha puesto esto de navegar por la vida, vendrá una vez en que una línea curva, amable, colorista, será la revolución. la estética “hippie”, las flores y los excitantes arabescos de colores es una reacción química. La estética de Salvador Victoria es lo mismo, pero hecho y dicho a la manera de un arte trabajado y sutil, es decir, como una búsqueda. Yo no sé si esta suavidad de Salvador Victoria es o no una bofetada” .
El historiador y crítico de arte Vicente Aguilera Cerni ha sido uno de los principales impulsores de la crítica artística valenciana. Desde principios de los años cincuenta hasta el presente, se ha configurado como el principal promotor del arte valenciano a nivel nacional e internacional.
Fue fundador y director de revistas de arte y pensamiento, convertidas en buque insignia y referencia obligada para el entendimiento del arte contemporáneo. Suma y Sigue del Arte Contemporáneo, Cimal y Arte Vivo son publicaciones en las que Aguilera Cerni es su valedor. Creador y director del Museo Popular de Arte Contemporáneo de Vilafamés, que cuenta gracias a la gestión de Aguilera con una obra de Victoria, una superposición de gran formato (díptico). También formó parte de la Junta Rectora del antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC) y de la Junta Rectora del Museo de Arte Contemporáneo de Elche, en cuyas salas se ha presentado durante el pasado mes de marzo una exposición de obra inédita de los años noventa de Salvador. Miembro del Jurado de numerosos certámenes internacionales de arte, cabe destacar que obtuvo el Primer Premio Internacional de la Crítica de la XIX Bienal de Venecia (1958). Sus numerosos libros publicados son fundamentales para el arte contemporáneo español de los años cincuenta a setenta, y en lo que se refiere a Victoria, los de Panorama del nuevo arte español (1966), Iniciación al arte español de posguerra (1970) y Plástica valenciana contemporánea (1986).
No puedo pasar por alto la relación tan estrecha de Salvador con Vicente Aguilera Cerni y buena muestra de ello es la correspondencia que mantenían cuando Victoria estaba en París. Se conserva una carta llena de buen humor en la que curiosamente Vicente pide a Salvador que interceda ante Doro Balaguer y Salvador Montesa y les anime a enviar con urgencia la documentación para participar en una exposición en Munich, tal como se refleja en el contenido de la fechada en Valencia el 16 de noviembre de 1958 y que dice así: “...¿Acaso no saben que Munich es un gran mercado de arte y que se va a hacer un catálogo formidable (un verdadero libro) con doble versión española y alemana? ¿Acaso ignoran que eso significa la posibilidad de una catalogación internacional más rápida que la de París y como mínimo tan eficaz? ¿Acaso desconocen que yo facilité a Umbro Apollonio los datos para que os incluyera a todos vosotros en un libro que se va a publicar en Alemania coincidiendo con la exposición?, (...) Aunque mejor que decírselo a esos langostinos, prefiero que les leas esta carta” .
Esto nos hace entender el esfuerzo del valenciano Aguilera Cerni en unos difíciles momentos para apoyar y promocionar el arte contemporáneo español. En otra carta que conserva Marie Claire Decay, fechada en la misma ciudad el 24 de noviembre de 1960 y que transcribo literalmente, vuelve a echar mano de su amistad en París: “Querido Salvador: Un favor importantísimo y urgentísimo. Estoy escribiendo –¡por fin!– el último capítulo de mi libro: la escultura. Necesito, a toda prisa, fecha de NACIMIENTO y unas 4 fotos de BALTASAR LOBO, el escultor español que reside en París.
Si no puedes localizarle a él, lo más eficaz será que averigües cuál es su galería para que me hagan el envío los marchantes. Encaréceles la importancia y urgencia del asunto. Va a ser un libro de miedo. ¡Ya ha pasado las 500 páginas! ¡Y he de entregar enseguida el original! ¡Date prisa! Abrazos, Vicente”.
Y Aguilera Cerni, atento para con los suyos, escribió de Salvador Victoria y Doro Balaguer, en la ya citada Revista de Actualidades, Artes y Letras: “Isidoro Balaguer y Salvador Victoria quedan situados en los linderos del informalismo. En las últimas obras que vi en París, Balaguer había limitado su lenguaje a unas superficies grises, densas, donde el buen gusto no podía anular el misterio sin atmósfera de aquellos muros imposibles. Por el contrario, Salvador Victoria utilizaba el gesto, la mancha y la textura, pero cediendo a solicitaciones líricas, alejadas de aquel dramatismo dominado por la austeridad en los medios y el control emocional.”
Y años más tarde en 1966 en el ya citado Panorama del nuevo arte español, nos ofrece un acertado acercamiento al nuevo trabajo de Salvador Victoria en un capítulo que titula Pintura de Acción en el que incluye a Manuel Mampaso, Antonio Saura, Juan Hernández Pijuan y Fernando Zóbel: “Poco a poco, la pintura de Salvador Victoria ha ido abandonando la afición por las misteriosas insinuaciones de la materia y la mancha. Pero, al contrario que en otros pintores, para los que la expresión ha sido el camino hacia la libertad de automatismos síquicos, en este caso el proceso se ha producido a la inversa.
Cuando, en sus obras de 1957 y 1958, imperaba enigmáticamente la casi subconsciente distribución de la pasta, producto de indefinidas emotividades, estaba plasmando esos estados de indeterminación espiritual que llegaron a convertirse en una de las fórmulas favoritas entre los seguidores del –arte otro–. Los cuadros de 1959 revelaban, siempre dentro de una presente indecisión formal, tendencias hacia la polarización y el contraste, tanto en la agresividad de las oposiciones cromáticas, como en la separación de las formas todavía neutras, cuyo resultado inevitable era una dinamización del conjunto. Siguiendo este ciclo evolutivo, las obras de 1960 acentuaron la intervención de la voluntad, aplicada al logro de intensidades, donde el gesto respondía a un deliberado propósito generador del caos dinámico, donde la materia se transformaba en energía. Andando ese camino, la pintura de Salvador Victoria ha reconquistado el espacio...”.
No puedo concluir estos apuntes sobre Salvador Victoria y Valencia, sin recordar las palabras que escribió, tras el fallecimiento del pintor, Juan Manuel Bonet, actual Director del Centro de Arte Reina Sofía: “El primer cuadro que vi de Salvador Victoria lo vi a finales de los sesenta, en Sevilla, en casa de Carmen Laffón. Era –es– un cuadro de pequeño formato, un pequeño mundo misterioso, aéreo, lírico. Su autor, que venía del expresionismo abstracto, de la pintura de acción, se había serenado. Convertía la superficie del lienzo, recubierta de sutiles –collages–, en escenario de una aventura interior.
Un mundo silente y luminoso, de resonancias paisajísticas y hasta cosmogónicas, en el que la geometría juega un papel decisivo, y en el que el color –rosas, grises, amarillos, azules, naranjas– funciona como lo han subrayado varios críticos en un sentido kandiskyano, por el lado de –De lo espiritual en el arte–. Un mundo coherente, tal como pudo comprobarse en sus retrospectivas madrileña (1984) y zaragozana (1985).
El mundo de un solitario que también sabía ser, cuando las circunstancias lo exigían, solidario. Un mundo del que a partir de ahora falta él, tan sensible, tan cordial, tan machadianamente bueno en el sentido de la palabra, y tan entregado siempre a la religión de la pintura”. |