En los últimos años la pintura de Salvador Victoria se ha ido enriqueciendo con nuevos valores plásticos. Sus anteriores investigaciones sobre las formas en el espacio le habían llevado a composiciones en las que la superposición de figuras geométricas, por regla general círculos, creaba redes transparentes, de ligero relieve y sutiles trazos casi inaprensibles en la tenue vibración de un fondo luminoso:
de superficies lisas y unidas, casi monocromas, con un dominio de los blancos puros y los grises plateados, con sus gamas frías y un tanto distanciadoras, sus pinturas parecían sobrepasar los límites de lo perceptible;
sus vacíos eran como silencios y sus formas como una rotación concéntrica que tendía a lo absoluto.
Por el contrario, sus obras actuales revelan otro mundo de preocupaciones, aunque aparentemente pertenecen a la misma morfología. De ahí que el nexo entre los dos períodos sea difícil de señalar, pues el cambio se debe más a una rotación que a una ruptura radical con lo precedente.
Su revolución ha sido copernicana, ya que si bien no ha variado su concepción de los contrastes de las formas elementales, en vez de una geometría plana, de círculos y triángulos, nos encontramos con cuerpos volumétricos, esferas, conos y placas triangulares:
sus figuras macizas u horadadas, suspendidas sobre mares insondables y campos de horizontes perdidos en la lejanía, comunican una nueva dimensión a su manera de entender el espacio.
El infinito y el vacío no son ya su preocupación.
Lo etéreo y lo imponderable parecen estar abolidos de su obra. La fuerza de la gravedad parece marcar la trayectoria de su pintura última, enraizada en sensaciones concretas y táctiles, en la que la concentración de medios hace que, pese a la abstracción de sus figuras –que podían evocar mundos extraterrestres-, por lo compacto de sus masas y lo rugoso de sus texturas se nos imponen como algo terrestre y cercano, familiar y humano con presencia de sueño o pesadilla. Lo opaco e impenetrable de sus cuerpos macizos resulta angustioso y de presencia opresora. En ello desempeña un papel preponderante su nuevo sentido del color, creador de una atmósfera sofocante en la que la luz incide sobre los volúmenes proporcionando cálido hálito a sus contornos.
Salvador Victoria usa ahora, además, rojos cárdenos, densos morados, marrones y dorados en gamas calientes, antes excluidas de su pintura, con calidades más sordas y tenues. En su obra actual, elaborada a base de sucesivas capas de color, los contrastes de tintas y la violencia de los timbres adquieren tonos muy altos.
Entre sus antiguas materias, diluidas como agua de rosas y la densa oleaginosidad de las actuales, existe una distancia polar, un abismo que el propio pintor ha ido estableciendo lenta y metódicamente en su ulterior trabajo. No en vano toda la obra de Salvador Victoria ha sido siempre la de explorar un mundo de sensaciones plásticas sin aparente referencia a los fenómenos de la figuración cotidiana:
si hoy muchas de sus obras pueden evocar lo natural o lo orgánico es más por una mutación del espíritu que por la metamorfósis de las figuras geométricas en seres vivientes;
su aproximación a la concreción es, pues, como un abandonar el universo, un tanto nebuloso, en el que se inscribía su obra para tomar tierra en una nueva galaxia más firme y sólida.
¿Pero cuál ha sido la motivación de este cambio? ¿Qué nueva pasión o qué impulsión inconsciente le ha llevado a revolucionar su mundo pictórico?. Sin duda, aunque resulte paradójico, la de su propia evolución. Pero quizá, y esto en mayor grado, se deba a su madurez tanto artística como vital. Esta es hoy la marca de fuego de su misma identidad:
no hay que olvidar que Salvador Victoria, al igual que los mejores pintores de su época, inició su obra con el informalismo. Si entonces todos reaccionaron contra un mundo cotidiano, aburrido e insoportable, fue por una necesidad tanto personal como histórica.
Frente a los pintores de la generación precedente, que para hacer olvidar sus veleidades vanguardistas anterior al 39 se consagraron al paisajismo azoriniano, los pintores de la generación del 57 comprendieron que sólo su rechazo podía salvarlos:
la huída a un mundo sin referencias a lo concreto era forzosa, primero con agresividad, después recreándose en su falta de referencias;
pero, el subconsciente y la vida misma acaban imponiendo sus dictados;
en la mayoría de los artistas, la angustia acabó dominando por entero sus obras.
Sus paisajes eran desolados, pertenecían a un mundo sin esperanza. Salvador Victoria ha parecido salvarse de tan horrible pesadilla. Sin embargo, su obra, lírica y entretejida de alusiones, nos introduce en el umbral inquietante del misterio. Su universo plástico, autónomo y coherente, pertenece en ello al lenguaje de nuestra época.
Y lo importante es que, por medio de sus valores transmitidos en términos de pintura, sus paisaje imaginarios se incorporan con su presencia imborrable al ritornelo vigilante de nuestros siempre reempezados e inacabados sueños. Su soledad y su silencio son, en verdad, parte de nuestra más íntima realidad.
Antonio Bonet Correa
Catálogo de la exposición en la Galería Juana Mordó, Madrid, del 29 de septiembre al 25 de octubre de 1975. |