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Salvador Victoria

José de CASTRO ARINES

Esta es la obra nueva de Salvador Victoria. No he preguntado al pintor ni de dónde viene ni cuál es su propósito en el futuro, ni siquiera qué busca en su presente esta pintura de Victoria. Estoy ante ella como vosotros, lo ojos abiertos, despierta mi curiosidad, atento a su voz.

Una obra nueva es como el hijo nuevo que acaba de entrar en el círculo de nuestras querencias, sin que entendamos al primer ver y en su tremenda dimensión lo que tal obra, como tal hijo, va a representar en nuestra vida. Pero esta obra viene a nosotros cargada de pasado, activa y viva en el presente y como consecuencia de ello, como algo inevitable, como una cuestión que no se puede eludir, proyectada al futuro, haciendo así al tiempo “uno” en el entendimiento de la vida, sin fisuras, en la tremenda eternidad del hombre.

Una obra nueva que pone en mi pensamiento cosas que son de ver y tocar, y cosas que son como símbolos y cosas que son como sueños. Cosas todas que también pueden estar en vuestro pensamiento al contemplar estas invenciones de Victoria, porque estas cosas son de la vida y en ella están desde siempre, o al menos, como figuras, ideas y símbolos, desde hace centenares de años. ¿Y cómo no, si estas cosas pueden ser, por ejemplo, el afán de infinito, la serenidad, la armonía y el contrapunto, el equilibrio formal, el aire, los recuerdos....? Son éstas, apuntaciones que voy haciendo, sin orden previo, ante estas pinturas, sin detenerme a averiguar si ellas pueden ser en alguna ocasión explicadas como un hecho que aquí se ve o como una consecuencia de la naturaleza ideal de tales pinturas de Victoria.

Aparecen en mi pensamiento estas apuntaciones sin más, y cabe pensar que no por accidente ajeno a la intimidad o al cuerpo de las invenciones que contemplamos aquí. Pongo como una de las cuestiones que entiendo como explicativas del mundo pictórico de Salvador Victoria, aquélla que fue ya en el antiguo la gran cavilación del hombre, su ansia de infinitud, que va desde El Pastor Etana, en la mítica de Sumer, al hombre astral de la cultura que nos ha correspondido vivir. Ansia de verter en el espacio ilimitado el caudal de sus pensamientos, proyectados en direcciones imnumerables. Esta es, sin más, una de las grandes cuestiones que la obra puesta ante mi curiosidad descubre aquí. Una, no diré entre mil, pero sí entre las muchas que acuden a mi pensamiento. Y es curioso que a este afán de ascensión infinita corresponde la tremenda precisión formal de las geometrías áureas aquí impuestas, sin que su presencia se convierta en devoción por fuera de lugar. Un orden es lo que se quiere apuntar con tal amor; el rigor de la ley; la debida compostura de las partes; el homenaje a las armonías –a la “mística”, diría Keplero- de las formas geométricas.

Todavía más. Ante mis ojos esta serena compostura de las cosas, y en su trasmundo el fuego que las activa, no siempre calmo, aunque no sea él tempestuoso. Y, sobre todo, impregnando el aire, el aire mismo. Están saturadas de aire las cosas traídas a estas pinturas de Victoria, viven del aire, se activan en su intimidad, sobre él se posan o en él aletean como pájaros. Quizás sea éste uno de los mejores hallazgos hechos en el cuerpo de las invenciones de Victoria. El aire activa los cuerpos de invención puestos en él, proyectándolos al espacio infinito, haciéndoles girar, moverse acompasadamente, rítmicamente casi, llenos de luz.

Es un hacer como auroral. Bajo la gravedad de las formas se entienden las viejas caligrafías del hombre, signarias y enérgicas, naciendo –si se puede decir- a una nueva vida. A estas pinturas de Salvador Victoria llegan las imágenes más lejanas de las cosas, las más apasionadas cuestiones del vivir de las artes. También, sin pensarlo, acuden estas imágenes a mi pensamiento como hechos palpables, nacidos a una nueva vida en razón de esa tremenda eternidad de las cosas para las que el tiempo no impone dimensiones perecederas: las maneras de la plástica más vieja de nuestra cultura, en la amplitud casi familiar hoy de la geografía del antiguo, hechas a un nuevo ser, pero latiendo en su trasmundo de ancianidad y vida.

Todas estas maneras de creación, activadas para la vida nueva por la mano de Victoria, aquí están en estas invenciones, apoyadas en los modos con que los cuerpos de arte se presentan a nuestra atención, formalmente, sensitivamente. Modos casi siempre insignes, arquitecturando las más extraordinarias geometrías, no fáciles de explicar como terrenas, sino, cumpliendo con su propio genio creador, sublimes. La perfección de las partes, la claridad con que ellas se exhiben, sus rítmicos y cadenciosos modales, su cavilación y proyección al espacio ilimitado, se ponen en juego cada vez que Salvador Victoria inventa para el arte pictórico una nueva criatura de ficción.

Pero, ¿hasta qué punto debo de considerar de fantásticas a tales criaturas? ¿Y si esta cosa-ficción y esta cosa misma que tocamos tuvieran una igual naturaleza? En arte son aconteceres cotidianos tales maravillas, y desde un tiempo acá la física, que había olvidado lo maravilloso como actitud cotidiana de la vida, ha vuelto jubilosamente a ella, quizá como áncora de salvación del hombre de nuestra cultura. Pues así podemos ver en las criaturas de Victoria los hechos de la realidad en su doble condición de cosas que corresponden a la vigilia y cosas que corresponden al sueño, por un igual reales y fantásticas.

Por eso, en la obra de Victoria han sido echadas al aire las cavilaciones y en él, en el aire activadas en la regularidad de un orden preciso y constante. Lo que Victoria ha retenido en tal orden son sus querencias, los pedazos todos de su sentir. No ha tratado en su pintura, por lo que la tal me descubre, sino de aprehender el aire, de darle forma. Pues hasta las cosas que son de la realidad, táctiles, visibles a los ojos, están imaginadas como aire, ordenadas según la ley que hace de pronto impalpables, invisibles, inaudibles, los ritmos, los símbolos, las formas de las cosas de naturaleza, por íntimas en lo más profundo del hombre.

Dejada atrás la pesquisición curiosa de la pintura de Victoria, ella está aquí de nuevo remansada en su paz, y apenas el aire altera tal silencio y orden. Por instantes se puede imaginar que también aquí se encuentra un puro sentir de las formas, y con él la belleza inmaterial de los cuerpos de invención de geometría, la bondad de las puras abstracciones formales, pero ellas no son de este lugar. El mundo de Victoria está más en la mano; es, ciertamente, por su humanidad, como un rasgo caligráfico personal e intransferible. Esta es, sin duda, su verdadera ley.

José de Castro Arines
Catálogo de la exposición individual en la sala del Prado del Ateneo, Madrid, 1965.



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