Debió ser el año 46, quizá el 47, cuando ingresé en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia. No estoy seguro. Salvador Victoria entró en la Escuela un año después, pero me alcanzó al siguiente, gracias a unos desastrosos comienzos que me hicieron perder un curso. Se puede decir que iniciamos juntos la vida de pintor, que no se separó hasta que abandoné la pintura, por los años sesenta, poco después de mi vuelta de París. Salvador se quedó allá todavía unos años, antes de instalarse definitivamente en Madrid. Nuestra relación después de París se hizo ocasional, limitada a sus visitas a Valencia, junto con Marie Claire, o las mías, muchos menos frecuentes a Madrid; pero nuestra amistad continuó entrañable. Cuando acabamos la carrera –si se puede llamar carrera a aquello que hicimos en Bellas Artes al final de los años cuarenta- Salvador y yo nos fuimos a pintar a Ibiza una corta temporada, después a Madrid, con intenciones más profesionales, donde estuvimos alrededor de un año y, finalmente, ya en 1956, nos fuimos a París. Salvo unos días del verano que fui al festival de la juventud de Moscú y algunos viajes cortos a Valencia, creo que no nos separamos en 10 ó 12 años, en que dedicamos a la pintura muchísimas horas. Si tuviera más memoria podría describir aquella etapa casi día a día.
Todos aquellos años iniciales, llenos de preocupaciones e inquietudes compartidas, de interminables conversaciones sobre pintura, de intercambio de primeras experiencias artísticas, de comentarios sobre nuestros aciertos y fracasos, fueron bastante fecundos, al menos en inquietudes, ideas y preocupaciones artísticas juveniles, más bien autodidactas; y desde el punto de vista de nuestra relación personal conseguimos un buen entendimiento, apacible y sin problemas. Pienso que nuestra larga convivencia, fácil y afectuosa siempre, fue posible gracias más a las diferencias de carácter que no a las afinidades. Desde la época de estudiantes, durante el período militar, que pasamos juntos en Ronda, en los viajes y, sobre todo, en nuestra estancia en París, nuestra relación se demostró más complementaria que idéntica. Posiblemente, nuestra mayor semejanza consistió en la capacidad de ambos para tolerar nuestras diferencias. Salvador, no sólo resistió estoicamente mi tendencia a la pereza y al descuido en las cosas prácticas y convenientes, sino que estimuló y ayudó a superarme en muchas ocasiones.
Era bastante más disciplinado y activo que yo. Indudablemente, como se demostró más adelante con mi renuncia, su vocación de pintor era más fuerte y más apasionada que la mía. En los años de estudio, la Escuela de Bellas Artes era una especie de caos, donde profesores ineptos y sin autoridad –pintores mediocres- permitían a los alumnos hacer lo que quisieran, lo cual no dejaba de tener sus ventajas en cuanto a pintar sin nefastas orientaciones. Algunos aprovechamos la situación para ir aprobando los cursos sin hacer casi nada. No así Salvador Victoria, cuya voluntad y decisión le impulsaba a no perder el tiempo y pintar todo lo que podía, que era mucho. Más de una vez se quedó solo en una clase pintando mientras el resto de alumnos aprovechábamos la ausencia del profesor para abandonarla. Salvador obtuvo alguno de los escasos premios de fin de curso o fin de carrera que daban en la Escuela. Me parece que uno de ellos consistió en hacer una exposición en el Círculo de Bellas Artes. No sé si fue por ese motivo pero la exposición se celebró y, como era de esperar, la crítica valenciana no entendió nada. En todo caso, las primeras experiencias artísticas, no fueron muy alentadoras para nadie en una Valencia de vida cultural precaria, de ambiente pictórico ignorante, donde el corte de la guerra había liquidado los escasos intentos de ponerse a la altura de la época que se llegaron a iniciar en los años treinta. Más tarde supimos de algunas excepciones a la inopia generalizada. El escritor Joan Fuster y Alfons Roig, profesor de religión en Bellas Artes, eran personas interesadas y conocedoras de la pintura contemporánea, pero por entonces no tuvimos apenas relación. Pudimos conocer mejor al padre Roig al reencontrarle en París en varias ocasiones.
La pintura de Salvador al acabar en San Carlos, ya no era una pintura académica. Reflejaba las inquietudes y los intentos, la búsqueda de soluciones plásticas propias, que empezaba a preocupar a algunos jóvenes, que se separaban cada vez más del sorollismo superficial que se estilaba en los ambientes valencianos de entonces y que, en realidad, no tenía nada que ver con la fuerza y la buena pintura de Sorolla. La exposición de Salvador Victoria en el Círculo resultó una muestra interesante y personal de pintura moderna, mal recibida por los gacetilleros de la época, que no sabían una palabra de pintura.
Nuestra estancia en Madrid a poco de acabar en la Escuela no fue muy fructífera. Los primeros días nos quedamos en una residencia de curas que estaba por la calle San Bernardo. Alguien nos había recomendado desde Valencia, pero no fue suficiente. A los cuatro o cinco días nos dijeron que nuestra actividad y nuestro horario no se ajustaban a la vida de la residencia y debíamos dejarla. Siempre he sospechado que nos expulsaron por no acudir al rosario que se celebraba cada día. Pero tuvimos suerte. Encontramos, como realquilados, parte de una casa grande de la calle Infantas, con un amplio salón que servía de estudio. Vivían dos ancianas en la casa, muy discretas y amables, que llegaron a tomarnos afecto. En todo caso, las ilusiones que nos habíamos hecho: empezar una vida profesional, independizarnos de la familia, encontrar un trabajo compatible con la pintura, participar en los ambientes culturales y artísticos madrileños, se cumplieron sólo en parte. Madrid, aunque más viva y más cosmopolita que Valencia, todavía sufría el peso del aislamiento y el oscurantismo de la dictadura. No era fácil mantenerse y tampoco ofrecía una información útil de la pintura que se hacía en el mundo, de la que ya teníamos alguna noticia y ganas de conocer directamente. Por segunda vez emprendimos la huída, ahora hacia París.
También tuvimos suerte al instalarnos. Después de unos días en un hotel económico, que a nosotros nos pareció carísimo, cerca de San Sulpicio, encontramos, por medio del sindicato de estudiantes, un estudio magnífico en el barrio latino, que podíamos ocupar durante unos meses. Estaba en la calle Henry Barbusse , muy cerca del jardín de Luxemburgo. Daba a un gran patio central descubierto de una finca, a la altura de su primer piso. Era un estudio clásico de pintor, con un ventanal muy alto, piso de madera, mucho espacio para trabajar, una pequeña cocina y un baño minúsculo.
El hecho de encontrar un estudio nada más llegar y, sobre todo, que fuera por tiempo limitado, nos obligaba a aprovecharlo cuanto antes. Nuestros planes de indagar con cautela la situación y el ambiente de París se trastocaron. Loa proyectos de sistematizar las visitas a museos y exposiciones tuvimos que precipitarlos. Ninguno de los dos estaba dispuesto a pintar como hasta entonces sin investigar por donde iban los tiros artísticos en París. Forzamos el ritmo y visitamos gran cantidad de galerías, museos y pintores en muy poco tiempo. Simultáneamente nos pusimos a pintar y dibujar, probar, ensayar, buscar y también acertar y fallar. Se trataba de intentar un cambio sin evolución, por una decisión bastante radical, que inevitablemente iba a afectar a la propia formación artística, a la manera , los procedimientos, la concepción del cuadro, incluso a la idea de la pintura y de la estética en general. Había que poner todo en cuestión; había que revisar, tantear, ensayar cualquier opción Sin embargo, también había que conservar suficientes rasgos personales no sólo para reconocerse, sino para configurar el propio estilo, la propia personal manera de expresarse por medio de la pintura.
La gran cantidad de opciones que se ofrecía al interesado llegaba a resultar mareante y, de alguna manera, quitaba importancia al hecho artístico; le restaba trascendencia. En aquel momento era impensable encontrar nada parecido en España. Se ha hablado, y quizá exagerado, del papel que pudo jugar la influencia de la apertura a estos movimientos pictóricos de gente joven, como revulsivo de la escasa vida cultural española y, por lo mismo, como arma política contra la dictadura. Sin embargo, creo que nuestra preocupación era fundamentalmente plástica. Metido, por entonces, en actividades políticas concretas, nunca tuve conciencia de pintar por motivos ajenos a preocupaciones artísticas. Es verdad que cuando salimos de España la pintura moderna se consideraba maldita y al regresar se había convertido casi en la pintura oficial, pero las causas habría que buscarlas en la adaptación del régimen a los tiempos y no a la pintura.
Las vanguardias artísticas habían sido rebeldes, subversivas, y denostadas unos años antes y en España duraba una actitud oficial de rechazo, pero en nuestra época de París, la pintura más insólita estaba completamente asumida. Durante cierto tiempo, al menos yo, tuve una cierta sensación de frivolidad generalizada que, sin que llegara a percibirlo entonces, quizá añadiera interés al conjunto del fenómeno artístico. Lo he pensado después de algunos años. Las variantes que habían determinado las tendencias plásticas de un siglo podían ser contempladas y estudiadas con bastante facilidad. En París se exhibía todo, se hablaba de todo, se veía todo, se aceptaba todo y se valoraba, puede que excesivamente, todo. Pienso que esta sensación algo escéptica, pudo marcar alguna diferencia entre el ánimo de Salvador y el mío. Quizá consistía en que él creía en la pintura y en nuestro oficio más que yo. No lo sé. Como ya he dicho, su vocación era más firme que la mía. Contaba con algunos elementos muy positivos: la confianza en sí mismo, el trabajo, la exclusiva dedicación., la voluntad. Al margen de los cambios que haya sufrido su evolución posterior, sus indagaciones, sus búsquedas, sus inquietudes, que no conozco bien, sus obras de entonces dieron pronto la impresión de acabadas, de objetivo alcanzado. Desde aquella especie de comienzo, hasta abandonar la pintura, incluso cuando ya hacíamos exposiciones en galerías más o menos interesantes, yo no pude quitarme de encima la impresión de estar haciendo pruebas, no de pintar cuadros.
También existían otros motivos que determinaban algunas diferencias. A poco de llegar a París me enredé en actividades políticas que ocuparon parte de mi tiempo en reuniones y gestiones, la mayoría innecesarias. Para mí era difícil resistirme a la política en París, estando Franco en España. Salvador se dedicó en cuerpo y alma a la pintura, de la que no llegó a distraerle ni su gran afición a la música clásica, mucho más compatible con la pintura que la política. Desde que en Valencia acudía los domingos por la mañana a los conciertos de la orquesta municipal, nunca dejó pasar la ocasión de asistir a acontecimientos musicales. No quiero decir que no se interesara por la situación política en España, ni que su antifranquismo fuera en absoluto dudoso, pero tenía claro que su tarea primordial era la pintura.
Por el estudio de Henry Barbusse pasaron muchos pintores y gentes relacionadas con el arte, llegando en poco tiempo a constituir un punto de referencia y a veces de acogida para compañeros que llegaban de España o para residentes que fuimos conociendo. Eusebio Sempere aparecía con frecuencia. Seguramente fue él quien nos ayudó a entrar en el Colegio de España de la Ciudad Universitaria al finalizar nuestra ocupación del estudio. Recuerdo alguna visita del crítico Moreno Galván, del que más tarde fuimos bastante amigos. También nos relacionamos con pintores valencianos, compañeros de estudios, como Montesa, Fillol Roig, Castellano y algún otro.
En el Colegio de España residían algunos pintores ya veteranos que nos ayudaron en nuestra adaptación y conocimiento del París artístico. Singularmente Eusebio Sempere, que nos orientó bastante sobre pintores, galerías y tendencias. Se ganaba algún dinero pintando horas y horas tarjetas de felicitación para una bruja parisina que le explotaba. Después, casi cada día se pintaba un gouache de los suyos. Salvador inició allí una buena amistad con Lucio Muñoz que, como con Sempere, siguió en Madrid. Otro pintor valenciano, Brandez, vivía cerca de la Ciudad Universitaria y organizaba fiestas algo cutres. Nosotros poníamos vino barato, queso y paté y él ponía la casa y el único disco que tenía, que yo recuerde, con una canción por cada cara. Sin estar muy enterados, los españoles de la Cité, discutíamos sobre existencialismo y marxismo, sobre arte y política y sobre la situación española. Un poco confusamente recuerdo al pintor Ibarrola, al grupo 57, a Joaquín Ramo, a Hernández Pijoan. También hicimos amistad con algunos músicos jóvenes españoles. Estoy bastante convencido que el ambiente de la Cité nos ayudó a pasar de estudiantes a profesionales sin muchas dificultades.
París era una ciudad de lujo y vida cara, que nosotros solamente podíamos entrever, pero existían mecanismos de subsistencia bien organizados; ventajas y precios especiales para jóvenes y estudiantes; trabajos temporales o a tiempo parcial que a nosotros nos permitían pintar y sobrevivir sin problemas y sin recurrir a la familia. Por aquellos años se tenía la impresión de que en París se podía hacer una vida relativamente fácil y libre. Supongo que, como suele pasar, para quienes conocían mejor la situación, se trataba de una impresión engañosa. Para los que llegábamos de la dictadura española era una impresión de libertad muy justificada, sobre todo en cuanto se refiere al acceso a la cultura y a la difusión de las ideas. Por nuestra parte, aprovechamos la coyuntura para conocer la obra de pintores que, en otra situación, difícilmente hubiéramos visto, un cine que no se podía ver en España, libros que no se podían leer y gente que no podían volver.
Además, nos divertíamos pintando y viviendo. Antes del punto final de estas líneas, no puedo dejar de señalar , con alguna nostalgia, que lo pasamos muy bien. Mi propósito ha sido dar noticia de los comienzos de Salvador Victoria sin entrar en valoraciones artísticas, que no me corresponden, y sin excesivas referencias a mi persona. Si no ha resultado del todo así es por la vida que hacíamos, bastante inseparable en las preocupaciones y objetivos. En todo caso querría significar que conseguimos algo fundamental: incorporarnos a nuestro tiempo; conectar con la pintura de nuestros días. En algunos aspectos fue una experiencia muy rica; seguramente más en los procesos que en los resultados. No sabría juzgarlo ahora. En aquel momento admiraba la dedicación y el empeño de Salvador, hasta el punto de perder de vista unos resultados que entonces nos interesaban como materia de estudio y experimentación. Años más tarde he visto algunas de sus obras y pienso que aquella etapa parisina tuvo algo que ver con el excelente pintor que llegó a ser.
Doro Balaguer
Valencia, mayo 1999
Catálogo de la exposición Colección Fundacional: Museo Salvador Victoria. Museo de Teruel. Del 5 de julio al 3 de septiembre de 2000. pp. 32-36. |