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Salvador Victoria

José HIERRO

La tan traída y llevada música de las esferas es lo que Salvador Victoria traduce a lenguaje pictórico. En los cuadros que expone en la galería Juana Mordó, parte de una forma circular, esfera o burbuja, que flota misteriosamente, mientras en el borde inferior una franja impasible, una cuña que avanza hacia el interior del cuadro, contrasta con los elementos ascendentes. El espectador se asoma a estas creaciones como si se asomase a un mundo de silencio. Los tonos pálidos, humedecidos por una luz dorada o plateada, rechazan los contrastes fuertes, los toques bruscos que pueden destruir su serenidad.

No significa esto, ni mucho menos, que Victoria haya preferido las pastas planas a las más elaboradas. Por el contrario un exquisito quehacer preside su obra: veladuras que apaciguan el tono original, recortes de lienzo que produce lógicamente suaves relieves y sensibilizan la superficie. A veces se diría que estamos ante ciertas creaciones de la perspectiva renacentista tocadas de magicismo, arquitecturas fantásticas. El esqueleto de estas formas aparece en las obras que Victoria titula superposiciones: construcciones de láminas de papales recortadas y superpuestos: orden puro,; blancura impasible. En ellas, los ritmos se bastas a sí mismo sin que el color intervenga. Pero en el fondo se trata del mismo mundo sereno y onírico representado en sus hermosos lienzos.

José Hierro
Nuevo Diario, Madrid, 27 de febrero de 1972.



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