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Recuerdo de Salvador Victoria

Álvaro ESPINA

Salvador era para nosotros como un hermano mayor, como lo era también para casi todos los que le conocieron. Salvador y Marie Claire no tuvieron hijos, pero los nuestros -que crecieron en la afabilidad de su trato y beneficiándose de su influjo- querían a Salvador como a un segundo padre y se sentían correspondidos por su cariño. Tenerlo como vecino ha sido uno de los mayores privilegios de nuestra vida. Su simple presencia irradiaba musicalidad, pero, además, era un melómano empedernido y su casa producía continuamente el eco de una pieza para órgano de Antonio de Cabezón, de un fragmento de ópera o de uno de los últimos cuartetos de Haydn.

Carlos Fernández Ordóñez, el sacerdote y amigo que celebró un acto litúrgico en memoria de Salvador, ha pronunciado palabras solemnes que hablan de la eternidad. Como decía Jacques Brel despidiéndose del cura que había sido su amigo: “aunque no estemos del mismo lado (en creencias religiosas), ni sigamos el mismo camino, ambos buscamos el mismo puerto”. Yo personalmente creo que ese puerto no es otro que nuestra común aspiración utópica a alcanzar la inmortalidad.

Durante todo el verano he pensado mucho en Salvador mientras leía la última novela, autobiográfica, de Albert Camus. Muchas cosas en la vida y en la filosofía existencial de Camus me recuerdan a Salvador, y sé, por Marie Claire, que Camus era uno de los escritores a los que él más admiraba y a quien dedicó un cuadro en su época de París. Camus dice en El primer hombre que la inmortalidad consiste en “la facultad de ser espectadores de nuestra propia vida para añadirle desde fuera el sueño con que darle fin”. Desgraciadamente, sólo podemos vivir nuestra vida y no nos es dado soñarla. A lo sumo podemos confiar en que sean nuestros amigos y nuestras obras quienes lo hagan. Camus pensaba que, de no ser así, la vida quedaría reducida “a un recuerdo tan impalpable como la ceniza ligera de las alas de una mariposa abrasada por un incendio del bosque”. Los amigos de Salvador Victoria estamos hoy aquí en prueba de que esto no sucederá.

Muchos piensan que Salvador tenía muchos amigos porque era bueno. Yo a veces me pregunto si no sería más bien al contrario: que Salvador era tan bueno porque buscaba desesperadamente la amistad con la que escapar a la muerte y al olvido, para disfrutar así de un pedazo de inmortalidad. Y por haberlo hecho de esta manera, su vida se ve prolongada ahora en la nuestra, que podemos seguir soñando su existencia, como acaba de explicarnos Lucio Muñoz. Porque para Salvador Victoria bondad y amistad venían a ser casi la misma cosa: una ética personal. Y una y otra eran las principales razones de su existencia.

También en esto Salvador era -como Camus- un primer hombre, a quien le tocó vivir una infancia traumatizada como consecuencia de la guerra civil, por culpa de la cual su madre fue represaliada y la familia hubo de trasterrarse desde Aragón a Valencia para que el padre pudiese reemprender su actividad como ebanista, restaurador y anticuario, que es la profesión a la que Salvador parecía predestinado. Pero probablemente porque se vio obligado a encontrar su propia moral y su verdad él sólo, sin el apoyo de los lazos de la comunidad local originaria y, durante un tiempo, sin la presencia de la madre en el hogar, su personalidad era también más individual, más capaz de indagar y labrarse su propio destino. Aquella experiencia traumática no la olvidaría jamás.[...] Y es que la vida de Salvador constituye un ejemplo paradigmático de la generación de los niños de la guerra, que se vio obligada por las circunstancias -y por la crueldad extrema de la política de tierra quemada practicada por los vencedores- a actuar como el primer hombre, roto traumáticamente el contacto con las generaciones anteriores en todo lo que significase ética, cultura, arte, intelectualidad, creatividad, innovación y libertad. Sin embargo, de esa soledad y esa independencia Salvador supo sacar, para su vida y para su arte, la fuerza que le impulsaba a explorar las formas más puras y primigenias de la belleza, aunque para recuperar el contacto con la gran cultura universal y con nuestra propia historia cultural tuviera que expatriarse él mismo a París a mediados de los años cincuenta. Cuando volvió a España, a mediados de los sesenta, se encontró con un grupo de compañeros de generación que habían emprendido simultáneamente caminos paralelos de búsqueda de los fundamentos del arte, hasta el punto de que la obra de esta generación -que puede admirarse en el museo de Cuenca- viene a ser una especie de refundación colectiva de la pintura española, porque cada uno de ellos tuvo que actuar en cierto modo como “el primer hombre”.

Con esa misma actitud yo he visto a Salvador entregarse a la causa de la solidaridad con los pobres, con la gente corriente, con los excluidos; con los menos dotados por la naturaleza o por el azar; por la sociedad; por la historia o por quienquiera que distribuya los talentos y los dones, la belleza y la fortaleza, la inteligencia y la riqueza. Salvador, que había vivido la dureza de la emigración, se sentía solidario con esas gentes y esas situaciones de manera natural y afirmativa. Se acercaba a ellas en pie de igualdad. Sin esa conmiseración que ofende al honor de los excluidos, sino con la ternura, e incluso con el lirismo, con que lo hicieron Albert Camus y Jacques Brel, gentes que, aún en la cumbre del éxito y la fama profesional, nunca olvidaron el desvalimiento profundo en que se encuentra en la tierra el ser humano -todo ser humano- y construyeron toda su vida y toda su obra sobre esa premisa. Salvador era una de esas personas privilegiadas que han extraído de la pobreza y el desvalimiento el vigor creativo capaz de transformar la propia vida y la de los demás. Esa es la energía que le llevó a participar -sin doctrinarismo de ningún tipo- en cuantos movimientos de solidaridad demandaron su presencia, porque Salvador pensaba que allí donde no hay solidaridad no se puede hablar de humanismo.

Todo eso constituye la “acción” de Salvador. Utilizo esta palabra en el sentido que tenía en la Grecia clásica, en donde venía a significar el medio por el que las personas alcanzaban realmente la existencia en la ciudad, con lo que daban sentido humano -no meramente vegetativo- a su vida. Es así como Salvador revelaba su condición humana ante todos nosotros de una manera más personal. En palabras de la gran filósofa y moralista judía Hanna Arendt, los seres humanos sólo logramos superar los procesos biológicos y acceder a la inmortalidad a través de la historia de esas “acciones”, cuando son recordadas y recontadas por la comunidad en la que vivimos. Bien es verdad que para Salvador esta comunidad no se encontraba en la vida pública de la Polis, en la que nunca se sintió a gusto, sino que era más bien la que surge de la iniciativa autónoma y de la acción individual dirigida hacia la sociedad civil, que es la que tiene un sentido verdaderamente moral porque compromete nuestra propia vida interior. Salvador combinó de una forma casi misteriosa su enorme individualidad con el aprecio profundo de la asociación voluntaria y, sobre todo, de la amistad. Se aferraba a la amistad porque seguramente era para él -como lo fue en los tiempos antiguos para Epicuro- la forma más sublime de inmortalidad. Por eso en momentos tan tristes como éste lo único que puede reconfortar nuestro dolor por el amigo perdido es recordar, sin la más mínima concesión al nihilismo, la máxima del gran pensador griego: “nada temible hay en el vivir para quien ha comprendido que nada terrible hay en el no vivir”.

Para quienes compartimos esta concepción laica de la existencia y de la superación de la muerte algunas de las palabras rituales que ha pronunciado el cura Carlos en este acto litúrgico son perfectamente comprensibles, pues no en vano esta filosofía sobre la “acción” y el humanismo, proveniente de la Grecia clásica, fue incorporada por Pablo de Tarso al acervo de la civilización cristiana. En esto no creo que podamos hablar de verdadero progreso: estamos en el mismo punto en que nos dejó Epicuro y su enseñanza es lo único que nos conforta.

La bondad, la amistad, la solidaridad y una obra [...] que le trasciende y le hace inmortal, es lo que nos queda de Salvador, ahora que ha subido al último tren: “el tren para el buen Dios”, como dice la canción de Jacques Brel. Un tren que desgraciadamente partió antes que el nuestro, pero que antes o después todos tendremos que tomar “para emprender el camino hacia las flores”. Lo que importa es que, cuando llegue, nos encuentre con el alma en ese estado de paz propio de quienes han sido capaces con su “acción” -esto es, con su bondad, su solidaridad y su obra- de conquistar un pedazo de inmortalidad para seguir viviendo en el sueño y en el corazón de los demás, y especialmente de sus amigos. Os invito, pues, a seguir soñando y contando la vida de Salvador Victoria.

Álvaro Espina
2000



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