El primer cuadro que vi de Salvador Victoria lo vi a finales de los años sesenta, en Sevilla, en casa de Carmen Laffón. Era -es- un cuadro de pequeño formato, un pequeño mundo misterioso, aéreo, lírico. Su autor, que venía del expresionismo abstracto, de la pintura de acción, se había serenado. Convertía la superficie del lienzo, recubierta de sutiles “collages”, en escenario de una aventura interior.
Salvador Victoria, que acaba de fallecer tras una enfermedad tan inesperada como breve, fue uno de los protagonistas principales de la renovación pictórica española de los cincuenta. Su tránsito por los centros académicos –San Carlos y San Fernando- contó menos para él que su afincamiento, entre 1956 y 1964, en París.
Ahí vivió el clima del “Collège d´Espagne”, ahí se casó con Marie Claire, ahí descubrió el horizonte estético informalista, ahí se entregó a una pintura gestual y negra de indudable brillantez y calidad, ahí se hizo amigo de pintores como Soulages, Lucio Muñoz o Sempere, y de poetas como Carlos Edmundo de Ory, que le dedicó una composición en la que se interrogaba ante sus “cuadros de miel de tinieblas”.
En el Madrid de los años sesenta, Salvador Victoria conectó, no podía ser de otro modo, con Juana Mordó, en cuya galería celebró varias individuales, y con Zóbel, que incluyó cuadros suyos en el Museo de Cuenca. Entonces comenzaba a cuajar su mundo.
Un mundo silente y luminoso, de resonancias paisajísticas y hasta cosmogónicas, en el que la geometría juega un papel decisivo, y en el que el color - rosas, grises, amarillos, azules, naranjas - funciona como lo han subrayado varios críticos en un sentido kandinskyano, por el lado de “De lo espiritual en el arte”. Un mundo coherente, tal como pudo comprobarse en sus retrospectivas madrileña (1984) y zaragozana (1985).
El mundo de un solitario que también sabía ser, cuando las circunstancias lo exigían, solidario. Un mundo del que a partir de ahora falta él, tan sensible, tan cordial, tan machadianamente bueno en el buen sentido de la palabra, y tan entregado siempre a la religión de la pintura.
Juan Manuel Bonet
ABC, Madrid, 28 de junio de 1994. |