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Los rituales del círculo

José Manuel CABALLERO BONALD

Salvador Victoria elige el círculo –coincidiendo, sólo en esa elección con el penúltimo José Caballero- para encauzar quiméricamente sus búsquedas artísticas. Iniciado en la abstracción –o mejor tal vez en el informalismo gestual y en cierto geometrismo lírico- Victoria investiga en la materia para acabar centrándose en los enigmáticos rituales del círculo. Ahí se juntan –se empecinan- todas las metáforas posibles: la música de las esferas, la mitología textual del útero, la circulación de los sueños, los astros inclasificables, el enorme medallón de la vida.

¿qué alienta dentro de esas formas circulares, en las que el color parece engendrarse a sí mismo y donde actúa de pronto como difuso germen de realidad inmediatamente succionado por la propia dinámica de la composición? Hay muchas maneras de aproximarse a esta pintura, pero ninguna provocará la indiferencia. Cuando Victoria - me refiero sobre todo a su obra más reciente - incorpora al reducto cerrado del círculo una serie de datos creativos - ya sean cromáticos o simplemente gestuales - está elaborando una idea. Ya se sabe que hay pinturas que cuentan historias y pinturas que cuentan ideas. Ocurre como con ciertos ejemplos de la novela y la poesía. Victoria se encuentra naturalmente en este último caso. Son las ideas las que están movilizándose dentro de esas formas sutiles tan nutridas de fantasía. Siempre hay ahí algo inquietante, como una fascinación que brota del propio centro expreso o tácito del círculo -o de los círculos superpuestos- y se expande por los entresijos del espacio narrado.

Una gran mayoría de los óleos y collages de Salvador Victoria tienen ciertamente mucho de ideogramas. Las manchas, los trazos, los signos inscritos en el entramado de la materia, traducen el pensamiento estético –y tal vez la conducta humana- de Victoria: son la clave y la condensación esencial de su pintura. Lo que alguna vez se ha llamado espacialismo acaso deba ser entendido como una interiorización del espacio para extraerle su contenido más visualmente lírico. No hay nada que sobre en ese conjunto armónico de ideas y equivalencias plásticas de ideas. Todo está conjugándose en un intercambio de registros expresivos cuya más notable virtud tal vez sea la de su delicadísima identidad estética.

De esa armonía, de esa elegante concepción de la pintura como un núcleo verbal de experiencias vividas, nace de la ejemplaridad manifiesta del arte de Salvador Victoria. Dentro de esa lúcida reflexión vitalista, hasta la gama discursiva del color, de tan espléndidas veladuras, remite a esas básicas ideas que el pintor pretende desarrollar. Una vez juntas y engranadas en la unidad del cuadro, pasan a convertirse en materia, es decir, constituyen el foco de donde irradia el máximo atractivo de una pintura que es, por encima de sus modélicas ensoñaciones, real y plenariamente bella.

José Manuel Caballero Bonald
Catálogo de la exposición colectiva Ruedo Ibérico.
Centro Cultural de la Villa de Madrid, 1991, pp. 31-32.



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