Una tarde fria de invierno Adela y yo visitamos a Marie Claire en su domicilio y allí, casi como un rito, pusimos en sus manos una pintura mía con destino a la Fundación-Museo Salvador Victoria en Rubielos de Mora. Al calor de una taza de té y un exquisito bizcocho rememoramos viejos recuerdos. Buceando en el tiempo, sin esfuerzo alguno, brotaban hechos pasados, una cierta magia nos arropaba y con naturalidad nos situamos en otros momentos compartidos, fotografías y recortes de periódicos antiguos nos ayudaban a revivirlos.
Por mi carácter, o qué sé yo, en general soy una persona que no encuentra ninguna satisfacción mirando hacia atrás, cosa que a menudo me reprocho, pues creo positivo fijar los recuerdos y ahondar en ellos. Quizá hoy sea una buena ocasión para vencer esta obcecación mía y abrir con un poco de esfuerzo las barreras que atenazan mi memoria. Confío que quizá entre los pliegues del cerebro donde se refugian los recuerdos, se conserven con la misma limpieza con que transcurrió a través del tiempo la amistad entre Salvador y yo.
Mi relación con él es de esas amistades que duran toda una vida. Nos conocimos cuando ambos teníamos algo así como quince años y según pienso ahora, yo diría que tiene dos etapas muy diferenciadas. Dos períodos diferentes a lo largo del tiempo. La primera de estudiantes de Bellas Artes en la Escuela de San Carlos de Valencia. La segunda ya en Madrid, colegas en la profesionalidad de la pintura y compañeros de lucha en la Resistencia a la Dictadura Franquista.
Del período de estudiantes en la Escuela de Bellas Artes, (no puedo acostumbrarme a llamar Facultad a lo que para mí ha sido siempre Escuela) mi recuerdo de aquellos años vividos en el hermoso caserón de San Carlos en el Barri del Carme, son más bien sombríos, tristes y desastrosos. Aquellos profesores mediocres, artistas fracasados y llenos de rencor hacia el arte vivo, eran los vencedores de una guerra injusta y estaban ocupando los puestos de los republicanos que la derrota en la contienda echó al exilio. Y ellos lo sabían. Se notaba la falsedad, la arrogancia y el odio hacia todo lo que según su modo de entender era “nuevo”. Estábamos en el año 1947, a mitad del siglo XX. Pero aquellos señores desde su cátedra nos querían situar cien años atrás en el período neoclásico. El único impresionista que admiraban era Sorolla. “No esos franchutes disparatados que no saben dibujar”. Van Gogh (que los franceses en ese tiempo lo tenían hasta en los calendarios) era para ellos “ese loco”. Para qué más. Su inteligencia era corta, pero su orgullo era tremendo e imponían una autoridad casi militar. Mi mejor recuerdo es para los compañeros, algunos inmejorables, llenos de ilusión y de ¡oficio!. De ellos aprendí todo lo que pude, provenían de talleres artesanos que en Valencia tanto abundaban, falleros, pintores de abanicos y de muebles y manejaban con naturalidad infinidad de técnicas plásticas. Entre estos Salvador, tan sensible al arte pues su padre (hombre adusto y recio aragonés) tenía una tienda de antigüedades y esto había contribuído a refinar su gusto estético. Era del curso posterior al mío. No obstante, en aquella Escuela pequeña, todos los alumnos de los distintos cursos estábamos en contacto y revueltos como un rebaño asustado. Intuíamos que la auténtica enseñanza sólo podíamos encontrarla en nosotros mismos, en realidad en cuanto en la parte técnica no había secretos, todas las experiencias y descubrimientos corrían como la pólvora de un grupo a otro. “Entorné la vista”, decían los profesores. (fotografías de Sorolla pintando en la playa). “Para ver la pintura hay que abrir mucho los ojos”- decíamos nosotros. Y así, ni por casualidad coincidíamos, lo que nos unía mucho y hacía nuestra relación muy íntima, nuestras “aulas” se prolongaban todo lo posible por las tascas y rincones de los cuales el barrio estaba tan bien surtido.
Nuestras charlas frecuentes de entonces rondaban en torno a lo abstracto o lo figurativo. De una conversación con Salvador y quizá alguien más, nos quedó una fijación curiosa: “Si estás pintando libremente una pintura abstracta y resulta que una mancha importante se parece a un perro, por ejemplo, ¿qué haces, borras al perro para que siga siendo abstracto?. Esto se nos quedó como un eslogan. Y a veces cuando en alguna conversación salía el tema nos preguntábamos: ¿y si aparece el perro qué?
Se suele creer que los recuerdos de joven son los que dejan más huella y los que unen a las personas entre sí más profundamente. En este caso no ha sido así. La juventud fue para mí como una nube pasajera que, ahora, encuentro un poco superficial. Por eso me decanto claramente por esta segunda parte de nuestra amistad: a partir de cuando Salvador y Marie Claire deciden desde París trasladarse a vivir a Madrid en el año 64.
Cómo se intima y se conoce a las personas es trabajando juntos, uniendo los esfuerzos para un proyecto común. Quien no haya tenido la experiencia de aunar esfuerzos desinteresados, en la que cada uno aporta su lado positivo con entusiasmo, creo que se ha perdido algo importante de la vida. Al menos esa es mi impresión. En esas circunstancias es como se conoce a la gente de verdad, en esa entrega común sin pensar en intereses personales y egoístas, confiando los unos en los otros, entonces era en el hacer “para que esto cambie”. Así es como ocurría entonces en la clandestinidad. Y en este medio entusiasta e idealista, es como estuve tanto tiempo trabajando con Salvador.
Con él me ocurría algo curioso, que casi no me ha pasado con nadie. Estoy seguro que ambos teníamos el convencimiento de que con las palabras únicamente se podía expresar una pequeña parte de aquello que se piensa, y que son poco de fiar y casi nunca significan lo que parece. Es como si nuestro lenguaje “no diera para tanto”. Cuando la conversación llegaba a cierto punto, cortábamos, y el silencio parecía ponernos de acuerdo. Y avanzar en la comprensión como si mudos consiguiéramos adivinarnos. Quizá influía en esto su carácter reflexivo y sereno poco dado a lo superficial, y su elevado sentido de la responsabilidad.
Nos habíamos reunido un montón de “trabajadores de la cultura” (como nos llamábamos entonces) en un colegio mayor universitario, una reunión clandestina, no me acuerdo cual era el motivo. Teníamos como coartada un proyector de cine bastante aparatoso en medio de la gran sala con una pequeña pantalla enfrente. Caso de llegar la policía aquello debería ponerse en marcha y “aquí no pasa nada”. Llegaron. Pero el responsable de accionar el artilugio se hizo un lío y no consiguió hacerlo funcionar. Cundió el pánico y salimos todos en desbandada cada uno por donde pudo, corriendo y saltando por corredores y pasillos desconocidos. Ya casi en la calle y muertos de miedo por lo que pudiéramos encontrar afuera, Salvador y yo coincidimos con Bardem el director de cine, que pálido, como deberíamos estar nosotros, reflexionaba: “Y pensar que todo esto en el futuro quedará reducido a un renglón de una enciclopedia donde más o menos dirá: también la gente de la Cultura luchó por la Democracia”.
Podríamos contar aquí innumerables historias de nuestras andanzas políticas de aquellos años, unas más arriesgadas que otras, pero todas con su riesgo indudable. Y me gustaría. Porque los artistas plásticos desarrollamos una labor muy importante en la resistencia a la Dictadura, estoy convencido. Y no sé el motivo por el cual la historia escrita nos ignora totalmente.
El futuro llegó ya hace mucho tiempo. Tantos sacrificios, pánicos, ilusiones y dramas. Nada de esto que vivimos entonces, se refleja en los libros de ahora (con tanto escrito sobre la “Oposición al Franquismo”, delicioso eufemismo. ¿Por qué no llamarlo “Resistencia a la Dictadura?”).
Puedo decir y creo no equivocarme que éramos los artistas plásticos los que con mayor fuerza contribuimos a unir los diversos sectores de la cultura para reivindicar derechos y libertades. Por medio de movilizaciones, asambleas, encierros, reuniones en infinidad de sitios diversos, como iglesias, colegios, facultades, colegios mayores universitarios, clínicas, salas de consultas de médicos... y por supuesto en nuestros estudios. La lista sería interminable.
Nuestra capacidad de respuesta era muy grande, con motivo de la detención policial del crítico de arte Moreno Galván en noviembre del 70 se consiguió reunir de un día para otro a más de seiscientos artistas plásticos en una asamblea en el salón de actos de Bellas Artes de la Universidad Complutense. Sala abarrotada hasta en los pasillos, esperando que la policía entrara de un momento a otro, esta vez no se enteró, y de allí salió el acuerdo de la sentada en el Museo del Prado al día siguiente si no ponían en libertad a José María Moreno Galván. Cerca de un centenar de pintores y escultores estuvimos encerrados en la sala de Goya del Museo, resistimos algo así como tres horas rodeados por un montón de policías amenazantes. Esta noticia se comentó en la prensa del extranjero. No aquí, claro está, pues la censura funcionaba. Pero al día siguiente conseguimos que soltaran de la cárcel a nuestro amigo José María.
Quedó grabada en mi mente la presencia de los personajes de Goya a medida que iba oscureciendo la tarde. Con el crepúsculo las figuras, como una aparición crecían y con la oscuridad de la noche y el miedo que se mascaba en el ambiente adquirían más y más realidad. El temor de que aquellos brutos entrasen a porrazos y se pudiera dañar algún cuadro nos atenazaba. Al final la cosa terminó bastante bien, mejor de lo que parecía. Se limitaron a unos interrogatorios al día siguiente y nada más.
He hablado del miedo, el miedo que se pasaba pero del que entonces no queríamos hablar. Más de una vez charlando con Salvador recordábamos una noche, que al dirigirnos hacia una iglesia de los suburbios de Madrid donde teníamos una cita para encerrarnos, rodeados de policías con sus armados pertrechos y otros de paisano con miradas intimidatorias, en un silencio que cortaba el aire, se oyó el castañetear de dientes de un compañero que iba a nuestro lado. Era estremecedor el sonido tan extraño y potente que producía, como un repiqueteo. Quien nunca haya oído este sonido “al natural” no se puede imaginar su efecto, es asombroso.
Aquella tarde de la visita a Marie Claire se nos hizo de noche charlando. Las pinturas de Salvador colgadas en las paredes de la sala nos acompañaban con su absoluta rotundidad. Una vez más, daban constancia de que las palabras casi nunca pueden decirlo todo, o nosotros no sabemos encontrarlas. Y el silencio de la pintura esclarecía nuestra evocación.
Juan Genovés
Madrid, febrero de 2000 |