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Un cuadro de Salvador

Miguel Ángel FERNÁNDEZ-ORDÓÑEZ

Salvador Victoria era múltiple, diverso, muchos distintos y a veces contradictorios. Pero hay dos rasgos de Salvador que están presentes en el cuadro que disfrutamos en casa y que me agrada recordar. Es un cuadro grande de aquellos que pintó en los años noventa en el que, sobre las esferas inmóviles de colores claros, hay unos trazos enérgicos y oscuros, de una desbordante vitalidad. En el cuadro está el Salvador poético, ligero, evanescente. Está su lado dulce, el del “Soave sia il Vento” de Mozart, el de los frescos de Fra Angélico del convento florentino de San Marcos, el de sus astros suspendidos en el aire llenos de luz y de colores alegres y amables.

Pero también está en el cuadro lo que Salvador dejó dicho, como un manifiesto, en sus cuadros de finales de los años cincuenta y que se pueden ver en el museo Reina Sofía de Madrid. Es el Salvador rebelde, el que reaccionaba, a veces en tromba, ante la injusticia o la vulgaridad. Un Salvador que quería expresarse con rotundidad como si quisiera que no le quedase a nadie la duda de que podía permanecer insensible ante lo peor de la vida. Con estos trazos, que no deja de ser absurdo que se llamen informalistas, quiere agitarnos, quiere que nadie se quede tranquilo ante los actos injustos, ante lo vulgar.

Estos dos rasgos de Salvador son lo que constituyen y definen la auténtica bondad, o, al menos, la bondad que merece la pena. Un hombre bueno es suave y exquisito en las formas, es dulce, pero al mismo tiempo permanece vigilante contra el mal y muestra que no está dispuesto a aceptarlo. Esta bonhomía no tiene nada que ver con la de los beatos, que más que buenos son aburridos, faltos de vida, sosos. El hombre bueno denuncia y su protesta nos despierta pero nunca nos hiere. Lo que me atrae de este cuadro de Salvador Victoria es esa mezcla de lírica y rebelión y me recuerda, mejor que otros, como era Salvador. Salvador era “l’homme revolté”. Salvador recuerda a Camus, y era, como él, culto, de izquierdas y bueno. No sólo en las esferas y en los fondos, incluso en esos mismos trazos enérgicos de protesta, hay algo de delicado y sutil, de caligrafía oriental. He pensado alguna vez si no los importaría, sin saberlo, del Vietnam infantil de Marie Claire.

El cuadro de Salvador Victoria me trae, como decía el poeta “un viejo sueño sabido y olvidado. El sueño de ser buenos y felices”.1

1. “En una despedida” Jaime Gil de Biedma.

Miguel Ángel Fernández Ordóñez
2000



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