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Un equilibrio poético

Marcos Ricardo BARNATÁN

Cuando conocí al pintor aragonés Salvador Victoria, en las tertulias domingueras de “Mataborricos”, la finca de su paisano el neurólogo Alberto Portera, su pintura ya se había decantado hacia una elegante abstracción geométrica que aludía más al mundo de los arquetipos que a la potencia gestual de los trabajos de sus años iniciales.

Corrían ya los primeros años de la década del 70 y el joven pintor, que había abrazado con entusiasmo la abstracción en el París de los 50, era ya un artista maduro en el que los radicalismos de las últimas vanguardias se habían atemperado para dar paso a una meticulosa serenidad que buscaba en la geometría un orden en el que se podía estructurar sin conflictos su discurso lírico.

Recuerdo aquellas largas conversaciones campestres en las que participaba a veces, Antonio Saura o Martín Chirino, en las que Salvador Victoria mezclaba sus preocupaciones políticas –se vivían los últimos años del franquismo- con sus ideas sobre el compromiso del artista con la sociedad. Su obra había evolucionado, siempre dentro de sus preferencias por los tonos suaves, los grises y los blancos., a unas estructuras conseguidas por planos superpuestos en los que sus esferas simbólicas nos concedían, además de un placer visual, la prolijidad en la condensación de la luz.

Pero su llegada a la geometría se diferenciaba con claridad de los artistas que en París formaron el movimiento “Nueva tendencia”, con Julio le Parc a la cabeza, y que en España se manifestaron a través del “Equipo 57” quizá porque, aunque compartiera una misma ética, la obra de Victoria tenía otras raíces y un rigor que le impedía caer con facilidad en las tentaciones lúdicas.

Un rigor que se proyectaba en su depurada obra desde el foco verídico de una personalidad educada en la coherencia, fiel a un ideario que le permitía la saludable gimnasia de la experimentación y que, pese a su ineludible consistencia, rehuía todo sectarismo. La discreción de su militancia, nada amiga de la provocación ni el panfletismo, estaba unida a un gran sentido de la independencia del creador. Sólo desde esa independencia el artista puede ejercer consecuentemente su espíritu crítico, libre de las servidumbres que acarrea una cultura sometida a las dádivas envenenadas del poder. Cuando su prematura muerte pone final a su obra, podríamos decir que su pintura está mucho más cerca de la abstracción lírica, pese a sus constantes alusiones a las formas esenciales, que de cierto virtuosismo geométrico.

Marcos-Ricardo Barnatán
El Mundo, Madrid, 28 de junio de 1994.



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