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Salvador Victoria

Rafael CANOGAR

Es triste mirar atrás y echar de menos a tantos amigos y compañeros desaparecidos, en plenitud de sus facultades creativas, entre ellos a Salvador Victoria. Es cierto que el vacío queda mitigado en el caso de los creadores, que dejan su obra como prolongación de ellos mismos, como es el caso de Salvador, a quien se le está dedicando un Centro de Arte para honrar su memoria.

Salvador Victoria ha compartido conmigo una parte de su camino, de su historia artística, si bien desde inicios diferentes. Nos encontramos en algún lugar del camino, con el “informalismo” como fondo, junto a compromisos políticos y profesionales. Su personalidad y calidad humana siempre me admiró, fiel a su bien hacer y saber estar, a su natural generosidad de entrega a los demás.

La pintura de Salvador Victoria siempre fue espejo de su personalidad, fresca y espontánea en sus años de su aventura expresionista, y reflexiva y analítica más tarde, cuando la vida le da y marca otras metas. Él aceptó el compromiso con su tiempo, con la vanguardia estética que le tocó vivir: el informalismo, que para él fue, como para otros compañeros, vehículo de expresión de mayor alcance que una puntualidad estética. Para Salvador Victoria el gesto fue su voz, su grito de protesta de situaciones sociales y políticas sin resolver, como estructura de su pensamiento que se plasmaba en intensos y expresivos cuadros negros. Pero el tiempo pasa y las situaciones cambian y, a mi entender, Salvador supo evolucionar coherentemente, dar a su obra diferente contenido cuando la estética expresionista dejó de ser respuesta a las tensiones de la realidad.

Su obra, en la que estaba inmerso desde hacía tiempo, se vuelve más lírica y contemplativa. Es como un análisis de la naturaleza, síntesis de vivencias y emociones. Sus cuadros son mundos silenciosos y sagrados, donde el disco, como símbolo y representación astral, representa la búsqueda de un orden superior, un paisaje mental, abstracto, al que Salvador Victoria nos invita a sentir y habitar. El color, que juega un papel fundamental en esta última obra, nos baña con cálidos matices, en transparencias de luces y sombras que, como caricias, construye y matiza su rica y poética pintura. Un legado que nos afirma, una vez más, en la fuerza de la verdad, de la validez de la pintura como vehículo de comunicación, cuando es honesta y sentida.

Rafael Canogar
2000



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