Se me antoja que la presente antológica nos brinda una oportunidad inestimable para situar en el panorama español a un artista, nunca adscrito a grupos o capillas pero siempre sensible a las oscilaciones del gusto, que camina hasta hoy en día bastante en solitario. Presumo también que la contemplación de las obras en sus sucesivas fases propiciará tanto una revisión de sus aportaciones al informalismo cuanto podrá ser aprovechada para disipar los equívocos que pudieran haberse acumulado en su interpretación. Creo, no obstante, que, por encima de todo, interesa enhebrar ese hilo conductor a través del cual se desliza su poética, y que para mí no es sino el irrefrenable y envolvente lirismo que rezuman sus paisajes imaginarios.
Tal vez, lo menos divulgado de la muestra sea la obra realizada durante su prolongada estancia en París, ya que si, por un lado, nos permite contemplar la nómina de nuestro informalismo, por otro, marca las distancias en relación a los artistas más programáticos de la corriente. No es casual a este respecto, que fuera seleccionada en ocasiones varias desde ese espíritu, ni que expusiera - XXX Bienal de Venecia, Arte actual español, Copenhague, 1960, etc.- con los miembros más destacados de grupos como El Paso. Pero es obvio que, desde nuestra óptica, importa más reparar en los matices que en los rasgos compartidos.
Si bien es palpable que en estas pinturas se explora lo matérico y lo gestual goza de un gran protagonismo, pronto se aprecia, sin embargo, que no destilan el dramatismo o la tensión habituales. Como tampoco pasa desapercibida la ausencia de toda alusión figurativa, de lo que por entonces se llamaban los modelos dudosos, por donde en otros artistas se filtraba lo figurativo. Salvador Victoria siempre ha mantenido un compromiso radical con la abstracción, si bien, ya desde entonces, cultiva una abstracción que bien podría ser calificada de impresionista, en la línea de ese insinuado lirismo, evocadora de la recurrente metáfora paisajística que se alza cual nervadura de su universo pictórico.
Más que con la magna matérica, con el gesto del expresionismo abstracto o con el dramatismo, tópicamente asociado a lo español, estas pinturas sintonizan con una manera de sentir más francesa o, no sé, si mediterránea sin más. En todo caso, S. Victoria no oculta sus preferencias de aquella época por la escuela de la abstracción lírica, por figuras como G. Schneider, pero, como bien se encargaría de corroborar el paso del tiempo, tales sintonías no eran fruto de las circunstancias, sino de una exquisita sensibilidad en la que se reconocerá, ya alejada cualquier sospecha de contaminación formal, su actividad posterior.
Pero no solamente habría que detenerse en este lirismo abstracto, sino también en otras cualidades plásticas que brotan de estos cuadros: la jugosidad de la materia, la abundancia de sutilezas, el deleite en lo pictórico al modo tradicional, las huellas de la formación académica, etc. En ellos parece anidar una especial tensión entre la renuncia a la composición o al tratamiento de los materiales pictóricos, siguiendo la tradición y su larvada pervivencia. Tal vez por eso mismo no asistimos a la coetánea exaltación de la materia o de la gestualidad y si apreciamos, en cambio, de qué manera ambos rinden pleitesía a lo pictórico, invocando para ello procederes tan consagrados como las veladuras, los efectos lumínicos, las focalizaciones en la composición, las huellas de la espátula y del pincel, la coloración naturalista y otros.
Incluso, ya a primeros de los sesenta, encontramos obras en las que ha remitido la pastosidad o la gestualidad en beneficio de incipientes articulaciones de la masa cromática. Paulatina aglutinación que pronto sedimenta en un cierto orden o, al menos, suaviza tensiones en la composición. No menos relevancia hay que conceder al enriquecimiento de la gama cromática, todavía demasiado ascética, aunque, por comparación, bastante más variada.
La vuelta a España abre una fase de transición que no es sino una respuesta personal a lo que se ha dado en llamar la fatiga del informalismo. Salvador Victoria, no obstante, sigue unos derroteros que nada tienen en común con la alternativas que emergían por aquellos años, llámense éstas neofiguración, realismos varios o arte normativo. Ahora su pintura se sustenta en un soporte duro y en una suerte de collage, obtenido a base de pegar cartones, para luego homogeneizar la entera superficie, al modo de los primitivos italianos, con una capa de pintura al temple. Proceder que neutraliza los contrastes de las siluetas abstractas, recortadas, pero que, ante todo, imprime a toda la composición un equilibrio, una contención, que desde ahora impregna a su pintura.
Soslayando el formalismo geométrico o el prematuro acartonamiento, estos collages, surcados por el recorte o curtidos en la dureza de las aristas, evocan aún los gestos contenidos, casi congelados, de las primerizas vivencias gestuales. A su vez, la coloración suave y sedante, la expansión de las masas, las ondulantes líneas de horizontes, estimulan todavía más ese salto a un lirismo intangible, a unos paisajes imaginarios en los que se prima lo alusivo.
Tras la agitación, que nunca el caos, del informalismo, se incoaba casi de un modo imperceptible, silencioso, un orden para nada impositivo, un orden más bien amable, cálido. Su fruto sería, bastante avanzada la década, la fusión de esta peculiar técnica del collage con el monocromatismo de la entera superficie. Aunque se valoran las veladuras, las tintas, los contrastes de luz y de sombra, se mitiga la dureza de las aristas hasta que casi quedan plegadas a la insinuación. Cambio que, en no escasa medida, es debido al abandono de los soportes duros a favor del lienzo y del óleo. Por otra parte, la emergencia de lo curvilíneo, de las espirales imprecisas o de las formas redondeadas, insinúan la irrupción de las formaciones circulares, brotando de lo orgánico y propensas a articular un espacio en expansión donde se borran las fronteras del marco pictórico. Pinturas éstas ubicadas en los límites del silencio, exhalan un cierto hálito de paisaje romántico que se extiende hasta los confines del vacío.
Equilibrio compositivo, armonía sin estridencias, clasicismo subrepticio en suma, que en la siguiente fase que culmina hacia el 80, queda roto con obras en las que se quiebra la esfera y los círculos, se instauran tensiones a base del principio dinámico de lo moderno, la diagonal, recurriendo a las cintas, intersecciones, tangencias, superposiciones y otros artificios.
Las pinturas más recientes se sitúan al lado de acá de la censura que se produce en los primeros años de nuestra década. Salta a la vista el empeño por rebasar la envolvente homogeneidad de la textura y del color, por evitar la tersura de las superficies, por alejarse de la frialdad y de toda sospecha de geometrismo. El cultivo del matiz cromático recupera estratos de un dominio del oficio que nunca abandonará a Salvador Victoria; pero que, ahora, fluye con desinhibición, sin prejuicios puritanos reinterpretando desde refracciones inéditas la abstracción y el lirismo, meciéndose en los parajes insondables del color y del espacio.
Simón Marchán Fiz
Catálogo de la exposición Salvador Victoria 1959-1984
Veinticinco años de abstracción, Centro Cultural de la Villa de Madrid, 1984 |