Salvador Victoria Home

Salvador Victoria en su obra gráfica impresa

Adolfo CASTAÑO

Existe un Salvador Victoria poco conocido que ahora se va a desvelar, que ha sido reunido aquí para ser descubierto, desnudado, tocado por todas nuestras miradas. Este Salvador Victoria al que nos referimos es el que dejó la huella de su persona en una serie de obras paralelas que completan la calidad de su labor pictórica, obras que a nuestro juicio y por su coherencia y esplendor deben ocupar desde ya un lugar importante dentro del núcleo de su quehacer humano y artístico.
Nos estamos refiriendo a la obra gráfica impresa realizada por él, integrada por serigrafías y grabados, a las que vamos a calificar como "obras en reposo" frente a la obra pintada que para nosotros constituye su "obra en lucha". Ambas son la mano derecha y la izquierda de su trabajo, la suma de las dos da como resultado el hombre-artista completo.
Salvador Victoria no va a oponerse al entusiasmo que manifiesta nuestra actitud poética, nos sentimos libres para vivencias a nuestro modo, con los datos que nos aportan sus imágenes encarnadas en las técnicas gráficas, los muchos valores de la obra que abrió en el tiempo y que sigue abierta, esperando que todos lleguemos hasta ella y completemos el calor de su imaginación con nuestras propias imaginaciones. Y lo vamos a cumplir atendiendo a los estímulos visuales que siguen vivos en sus espacios, dejándonos sorprender por el asombro, guiándonos con la brújula de nuestra intuición, sumergiéndonos en las imágenes para llegar a la palabra, atendiendo a las manifestaciones instantáneas de su ser o a sus intenciones representadas. Vamos a hacer una propuesta más poética y comunicativa que crítica.
Salvador Victoria inicia sus obras en reposo siguiendo los ritmos de su respiración, ritmos que dan paso a la música más íntima del hombre, ritmos que se reflejarán en las formas que va a inventar ahora, y para las que va a emplear las leyes de la técnica, sus pausas y sus arrebatos, y como siempre el ejercicio de su propia libertad.
En esta respiración es inevitable el encuentro con la luz, luz que va a revelarse en los colores, que va a reposar en ellos, esos colores a los que no se puede poner nombre sino sorpresa, abandonándose luego a sus proximidades y lejanías, al reconocimiento - ese color está en mí - o a la extrañeza - ¿de dónde viene este color?
Y en esta respiración, en su ritmo, va apareciendo una obra noble, de calificativo justo, exquisita, porque está realizada con el cuidado y la precisión de un acto amoroso, en el que el autor seduce a la obra y a la vez ella le seduce, hasta alcanzar en la fusión de los deseos la unión necesaria de sus voluntades, la voluntad de hacer y la voluntad de ser hecha. Hay que observar cómo utiliza las leyes técnicas en su galanteo, cómo determina un espacio sin arrebatarse pero con decisión, cómo lo complementa, lo reduce o lo expande, cómo ve y siente, y también piensa, el color de las tintas, sus temperaturas que muchas veces denotas más que pasión, ternura; cuando se acerca el negro recoge todo su misterio, pasa más allá de sus fronteras, consigue una especial alianza con el blanco.
Vemos, sentimos vivir la obra gráfica impresa de Salvador Victoria en su declarada y aérea levedad, advertimos que pese al rigor de las líneas, de las figuras geométricas que la arquitecturan, siempre ha quitado peso a la estructura de sus formas y por lo tanto a su lenguaje, este aspecto sideral es uno de los rostros en los que puede reconocerse a la trascendencia. Salvador Victoria, ideal y gráficamente, escapa de la prisión de los nudos que comporta la existencia por las tangentes de la esperanza en un reino mejor para todos los hombres y abre los brazos de su quehacer con un gesto abarcador y espiritual. Rompe incluso su querido círculo, su figura geométrica predilecta, su punto de apoyo más secreto, para dejar que entremos hasta el corazón de su más profunda intimidad.
Es indudable que Salvador Victoria sentía el círculo como una personificación de su yo que en ciertos momentos se liberaba de esta significación para representar otros valores, pero todos ellos cercanos a este punto de encuentro. Lo arquetípico de la imagen circular la convierte en un símbolo fundamental de la humanidad del que encontramos rastros en todas las culturas, rasgos inmediatos como los de la simbología del anillo que entregado y aceptado es signo de un compromiso y un don voluntarios; rasgos más sociales como los de protección circular, en los que se dan cita la magia con la función, por ejemplo la muralla que se cierra para defender a la ciudad de los enemigos y también de los espíritus errantes y los demonios; rasgos místicos, la perfección de lo redondo, de lo esférico, símbolo de la totalidad, que contiene una alusión directa al poder del carácter divino.
No conocemos cuál de estas opciones primaba en la predilección que sentía Salvador Victoria por la figura geométrica del círculo, qué diferentes grados de significación otorgaba a su presencia en cada circunstancia, pero estaba tan comprometido con ella que le acompañó constantemente de manera manifiesta o emboscada en el tejido de su obra. Nosotros vivenciamos su presencia como una respiración amorosa que comunica amor, ternura, ideales generosos en la apertura, ruptura o disolución de sus límites. Y reposo en la limpieza de sus rasgos, en sus apariciones en soledad vespertina, reposo que no excluye el inevitable combate de la existencia, el cada día, el "a cada momento".
Según han ido pasando las imágenes ante nuestras miradas el asombro alcanzaba la estatura de la admiración nacida del conocimiento. Ahora, después de la experiencia visual podemos decir que sabemos quien es enteramente Salvador Victoria.

Adolfo Castaño



Volver al índice de autores