Poco a poco, la pintura de Salvador Victoria ha ido abandonando la afición porlas misteriosas insinuaciones de la materia y la mancha. Pero, al contrario que en otros pintores, para los que la expresión ha sido el camino hacia la libertad de automatismos síquicos, en este caso el proceso se ha producido a la inversa. Cuando, en sus obras de 1957 y 1958, imperaba enigmáticamente la casi subconsciente distribución de la pasta, producto de indefinidas emotividades, estaba plasmando esos estados de indeterminación espiritual que llegaron a convertirse en una de las fórmulas favoritas entre los seguidores del “arte otro”. Los cuadros de 1959 revelaban, siempre dentro de una presente indecisión formal, tendencias hacia la polarización y el contraste, tanto en la agresividad de las oposiciones cromáticas como en la separación de las formas todavía neutras, cuyo resultado inevitable era una dinamización del conjunto. Siguiendo este ciclo evolutivo, las obras de 1960 acentuaron la intervención de la voluntad, aplicada al logro de intensidades, donde el gesto respondía a un deliberado propósito generador del caos dinámico, donde la materia se transformaban en energía.
Andando ese camino, la pintura de Salvador Victoria ha reconquistado el espacio, un espacio inamistoso y agredido. El tema de la presencia humana en ámbitos imposibles, donde sólo cabe la desintegración y la restallante anarquía del rasgo elemental e ilógico, tiene en él un elocuente traductor.
Vicente Aguilera Cerni
Panorama del Nuevo Arte Español, Madrid, Guadarrama, 1966, p. 181 |