La pintura de Salvador Victoria se caracteriza también por venir después de aquella actitud inquisitorial de los analítico-espaciales, que supieron mantener su fuego en la época, negra para ellos, del predominio expresionista-aformalista. No es que Salvador Victoria sea un descreído: es que es un liberal, lujo que no pudo permitirse, por ejemplo, Juan Gris, que nunca quiso evadirse de su fanatismo escurialense.
¿Qué es lo que quiero decir, cuando afirmo que Victoria es un “liberal”? Por ejemplo, esto: los del “Equipo 57”, para definir la circunferencia, siempre habrían recurrido a lo de la “figura curva, cerrada y plana”, cuyos puntos equidistan...., etc. , si acaso, corregida por posiciones pos-euclídeas. Claro está que Victoria no negaría esa definición. Pero estaría dispuesto a refrendar la opinión platónica de que “la circunferencia es una figura perfecta” –opinión ciertamente idealista, que “los 57” hubiesen rechazado por inverificable-.
Yo pretendo que ese ejemplo nos dé la clave de Victoria. Está claro que él no rechazaría condecorar a su obra con potencias tan abstractas como idealizadoras; por ejemplo, “perfecta” y , si me apuran, hasta “bella”. Sí, ya sé, eso es otro cosa.
Es otra cosa, porque la actitud investigadora del espacialismo analítico no podía mantenerse en la tensión a que él mismo se había sometido, sobre todo después de que un arte de su misma familia –aún cuando no de sus misma ideología-, el llamado “Op-Art”, había llegado al poder. Porque, en efecto, el “Op-Art”, a pesar de ese nombre que le dieron sin ninguna espontaneidad, ha gozado en éstos últimos años, y goza aún, de un cierto predicamento. Es natural, porque era muy fácil. Es que el “Op” es la simplificación de la analítica del espacio: la supresión, precisamente, del espacio como problema, para dejar reducida la investigación a factores exclusivamente ópticos. Ahora bien, Victoria ya estaba allí antes: antes de que los fabricantes universitarios de prestigio le hubiesen concedido a los “Op” el salvoconducto para seguir andando. Yo sospecho que estaba antes porque él, que nunca quiso comulgar con las ruedas del molino aformal –si fuesen aformales ya no serían ruedas-, mantuvo siempre un culto retrospectivo por la lección del cubismo: sobre todo, por el problema – o los problemas- que el cubismo dejó sin desarrollar.
Resumiendo, yo creo que la posición de Salvador Victoria es la siguiente: frente a los cultivadores militantes de una analítica del espacio, él mantiene una cualificación que corrige a la simple cuantificación; frente a los estrictamente “ópticos”, él se mantiene, por lo menos en los dominios de la forma, ya que no en los del espacio, un investigador.
José María Moreno Galván
Triunfo, Madrid, marzo de 1972, p. 49. |